¿Éste es el plan de paz de Trump?

CARLOS LARRÍNAGAHistoriador

El próximo 8 de noviembre se cumplirán dos años de la victoria de Donald Trump frente a Hillary Clinton. Tiempo suficiente para adivinar los derroteros de su política exterior en el conflicto israelo-palestino. Casi desde el principio el magnate apuntó que con él aquél terminaría por arreglarse. Y para ello no tuvo mejor ocurrencia que nombrar como su asesor personal para este tema a su yerno, Jared Kushner. Un judío ortodoxo dedicado a los negocios, como su suegro, y con nula experiencia en política y en diplomacia. E hijo del constructor Charles Kushner, amigo personal de Benjamín Netanyahu y donante del asentamiento ilegal de Beit El, en Cisjordania. Escogido, por tanto, para lograr el 'acuerdo definitivo', después de décadas de desencuentros y guerras, no parece que el joven Jared haya logrado gran cosa hasta la fecha. Lo que no quiere decir, sin embargo, que no se esté interviniendo desde la Administración Trump. Todo lo contrario, y, por supuesto, con acciones poco alentadoras para conseguir el ansiado convenio.

Porque si algo está claro a estas alturas de su mandato es que el multimillonario ha asumido la agenda israelí como propia. Es decir, se han abrazado las tesis del Gobierno israelí y Trump ha tomado medidas que ninguno de sus predecesores se había atrevido a llevar a cabo. Primero vino el reconocimiento de Jeresulén como capital del Estado de Israel, en contra de los tratados internacionales y de la postura clásica mantenida por los EE UU. Las resoluciones de la ONU son claras a este respecto: Jerusalén Este es un territorio ocupado y, por ende, la anexión que hizo en 1980 es contraria a derecho y no reconocida. Tradicionalmente siempre se había dejado el estatus de la Ciudad Santa para un posible acuerdo entre las partes. Efectivamente, a las bravas, el inquilino de la Casa Blanca decidió, por su cuenta y riesgo, hacer esta insensata declaración, echando más leña al fuego y provocando la indignación de la inmensa mayoría de las cancillerías. Declaración que fue seguida del traslado de la embajada desde Tel Aviv a Jerusalén, incrementando así la rabia contra dicha orden. Es cierto que esta mudanza había sido aprobada con anterioridad, si bien ni Clinton ni Bush ni Obama la habían ejecutado por razones de seguridad. Precisamente, el antiguo edificio del consulado se ha convertido en la nueva legación estadounidense.

No obstante, las actuaciones no se han quedado ahí, puesto que Trump ha decidido igualmente poner fin a la ayuda que venía prestando a la UNRWA, la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo. Este organismo se creó a finales de 1949 para atender las necesidades de los cientos de miles de palestinos que fueron expulsados de sus hogares y tierras tras el nacimiento de Israel. En concreto, la UNRWA se hizo cargo de los campos que improvisadamente se levantaron en Gaza, Jerusalén Este, Cisjordania, Líbano, Siria y Jordania. En este sentido, hasta ahora Washington había sido el principal donante, pero en enero de 2018 se produjeron los primeros recortes (65 millones de dólares) y el 31 de agosto se anunció la suspensión definitiva de las contribuciones (360 millones). Esto quiere decir que EE UU dejará de conceder sus aportaciones a un colectivo que agrupa a unos 5,4 millones de personas. El problema no es sólo económico, que también, sino procurar negarles la condición de refugiadas. Éste es un tema fundamental si tenemos en cuenta el derecho al retorno de estas personas, aspecto en el que Israel no está dispuesto a ceder en un futuro diálogo. De hecho, ése ha sido siempre uno de los máximos escollos en las negociaciones. Incluso, se podría pensar que estamos hablando de un instrumento de presión, o de simple chantaje si se prefiere, para tratar de obligar a los palestinos a sentarse a conferenciar. Otras cuantiosas mermas en acción humanitaria, la cancelación de fondos a los hospitales de Jerusalén Este y el cierre de la oficina de la OLP en Washington van en la misma dirección. Cada vez hay menos asuntos de los que hablar, pues Trump ha tomado partido por los intereses de Israel.

En este contexto, hemos sabido por el presidente de la ANP, Mahmud Abás, que los enviados americanos designados para resolver esta crisis le habían propuesto una federación con Jordania. Su contestación fue que él prefería una confederación triangular que incluyera Israel. Con esta respuesta, el dirigente palestino se estaba remontando a mayo de 1946, cuando nació el reino Hachemita de Transjordania, que incluía la mayor parte de Tierra Santa. Evidentemente, esta solución es imposible, ya que ni Israel ni Jordania estarían prestos a materializarla. En verdad, por un lado, Abás pretendía denunciar los impedimentos existentes para la creación de dos estados, Israel y Palestina, con unas fronteras comunes reconocidas y viviendo en paz. Posibilidad que con las instrucciones que Trump ha dictado en estos meses cada vez resulta más difícil. La definición de Israel como un Estado-nación del pueblo judío entorpece la convivencia entre ambas colectividades. Razón por la que no parece sencillo encontrar una salida digna para los palestinos. Y menos aún si este conjunto de disposiciones es el auténtico plan de paz de Trump y Kushner.

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