PESADOS

ANDER IZAGIRREPLAZA DE GIPUZKOA

Una vez vi cómo un himalayista, en la víspera de su intento a un ochomil, cortaba la etiqueta del calzoncillo para aligerar peso. Tomé nota. Ahora, para cruzar a pie la isla de La Palma por su cresta volcánica, cargando saco de dormir, ropa, comida y agua para tres días, he arrancado las partes innecesarias del mapa y he elegido el bolígrafo Bic al que menos tinta le quedaba. Incluso me he puesto a borrar fotos del móvil, para que pesara menos, hasta que alguien me ha llamado bobo.

Es que tengo muy presente la lección de Lepoeder. Por ese collado pirenaico pasan todos los años sesenta mil peregrinos camino de Roncesvalles. Son veinte kilómetros de subida, mil trescientos metros de desnivel, y para muchos supone la primera jornada del Camino de Santiago: el día de los arrepentimientos. Enseguida descubren que la mochila pesa demasiado, que el segundo pantalón no es necesario, que el secador de pelo tampoco. En uno de los repechos más duros encontré un libro tántrico que prometía la iluminación del espíritu, abandonado sobre el poste de una alambrada. Un poco más adelante, un libro de oraciones, grueso y de tapas duras, sobre otro poste. Leí alguna vez que la peregrinación es una plegaria expresada con el cuerpo. Para qué, entonces, libritos de oraciones en la mochila.

En el albergue de Roncesvalles montaron una biblioteca con los libros abandonados por los peregrinos. Allí acumulaban polvo 'Los pilares de la Tierra', de Ken Follet (1.038 páginas), una autobiografía del fundador de Nike (432 páginas), novelones de Paulo Coelho en media docena de idiomas, mucho Jorge Bucay, mucha autoayuda, muchas claves para la felicidad. No hay juicio literario más riguroso que el del caminante, que siempre prescinde de lo superfluo: esos escritores son muy pesados.

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