Pequeños placeres

ABRAHAM DE AMÉZAGA

Existen libros que uno no se cansa de releer, subrayar, al tiempo que lo recomienda entre su círculo más cercano. Hay quien dijo que un libro es un amigo y no andaba nada desencaminado. Todo amante de la calidad y la vida lenta, del disfrute de lo grande como de lo pequeño, habría de leer la obra que en 2005 publicó Luis Racionero, bajo el título de 'El libro de los pequeños placeres'. Y más ahora, en verano. Una especie de guía personal, a modo de relato trufado de anécdotas, que el autor comparte con quienes se acercan a ella. Soy de los que creen que es en lo pequeño donde se halla, en la gran mayoría de ocasiones, la esencia, y en los actos cotidianos. Porque el placer, su capacidad, está ahí, en nosotros. Solo hace falta activar ese «goce o disfrute físico o espiritual producido por la realización o la percepción de algo que gusta o se considera bueno», como recoge en su primera acepción el diccionario de la RAE. Placer de sentir cuando comemos y bebemos –los vascos sabemos mucho de estos dos campos–, reímos, acariciamos nuestro rostro o el de alguien querido, nos abrazamos, hacemos el amor…, eso que además aumenta cuando es compartido.

En la cultura judeo-cristiana se asocia a menudo placer con pecado, cuando justamente sería un pecado el no permitirnos sentir placer, psíquico como físico. Voltaire lo defendía a ultranza. Wilde era de los que afirmaba, como muchos otros dandis, que deberíamos vivir solo para el placer, y en el caso de Freud su búsqueda debía ser el objetivo a lo largo de nuestra existencia. Hasta dio título a una película de los años cincuenta de la pasada centuria en el cine galo, 'Le plaisir'. Puede hacernos dependiente, no lo niego, hasta rozar o traspasar la patología, algo que no recomiendo. Por eso hemos de dosificarlo, que no reprimirlo, para que cuando lo activemos lo sintamos en toda su magnitud. Es en ese momento, en ese estado, cuando el corazón vibra y el espíritu de la felicidad nos invade. La auténtica y gratuita. «Occidente ha perdido la noción de lo que es la felicidad y los medios de conseguirla, desde que tragó el anzuelo materialista del consumismo. Se cree que la felicidad viene de fuera adentro, y que comprando coches, casas, barcos, o apretando los botones necesarios, se llega a ser feliz. Es un error portentoso: las cosas no nos hacen felices, es el espíritu con que se usan lo que trae la felicidad», nos recuerda Racionero en su mencionado libro.

A cada uno el redactar su propio diario, cuaderno, guía o libro del placer, anotando todo aquello que ha ido proporcionándonos bienestar a lo largo de nuestra existencia; lo que suma, lo que nos ha ayudado a ir creciendo y que deseamos seguir sintiendo. De secretos confesables a inconfesables –eso lo dejo a la elección de cada cual–, de anécdotas y curiosidades… Porque si deseamos una vida de calidad ya está bien de tanta prisa, de tanto compromiso con el ajeno, de tanto tiempo perdido en lo que no nos va ni nos viene, aparcando en muchos de los casos nuestro propio placer. Nunca es tarde para tomar las riendas y comenzar a ser protagonistas de nuestra vida y disfrutar en toda su intensidad de esos pequeños, medianos y grandes placeres.

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