Penaltis y melaninas

SANTIAGO AIZARNA

Nada como los penaltis para mejor ludir el correaje de los nervios desatados, humedecer aún más el brotar de las lágrimas de salinidad extra, pringar la policromía de los tatuajes transitorios que retiemblan, el mirar sin ver o el ver cómo la angustia es un trépano que agujerea corazón y pulmones, acelera las pulsaciones para desplomarse al siguiente segundo y todo queda desarbolado en el incidir apasionado de los fans.

Es la emoción, nada más, que va saltando como azogue y pasa y repasa incidencias, memorias, ideas, sueños, pesadillas. Las gradas ya son contubernios medrosos de miradas y exclamaciones, y, allá, sobre el césped, está el bulto del ombligo del partido sobre el que se coloca o posa el balón, mariposa o martín pescador al poco según se mire, el crisol de los noventa minutos del encuentro más los cinco del descuento que pesan sobre el balón y sus écuyères que, inmediatamente después, cuando la bota del jugador lo impela con fuerza salvaje se habrá producido el cataclismo, que hubo una vez un jugador que lo impulsó con tan alígera insania que rompió la red, y, desde entonces, tres clamores desgarrados militan en la mitología del fútbol entre otros millones de mitos que subyacen en sus ondas de un sentir tan excelso: digamos que el coraje, la animación y algo como esquizofrenia sobre botas, balón y redes; más allá la rumorosa ola del gentío batida por todo tipo de vientos desde el bóreas al céfiro, el contraste de sensaciones como norma, un resucitar y un desmayarse pidiendo vez y voto.

José Ibarrola

En los viejos tiempos -acaso no tan viejos como a algunos, ahora, les pareciere- la palabra 'penalti' (supongo que recibida ya por el diccionario de la RAE que ya nunca consulto pues que su deriva no me da mucha confianza) la palabra 'penalti' repito, me pareció siempre que tenía una sutil ambivalencia: era la palabra del castigo y del premio, pudiera añadirse la de la justicia ya que es refundición de ambos y, de todos modos, lo que hacía era trasladarnos a los más feraces (y feroces según) terrenos, a algo como un campo lleno de margaritas, pátinas como aladas liberadoras del estrés ciudadano, el inmenso mundo en el que colapsaban las dos tendencias insignes, la de Ormuz y la de Ariman, bisectriz que estridula entre el pensamiento y la práctica, desde la maldición a la oración, rampando hacia aún más arriba, que la biografía y la bibliografía de la culpa sabe tanto para ascender como para descender, juntar pasajes donde pudieran entroncarse (como lo dan por cierto algunos y a pesar de las distancias temporales o, hasta siderales que denotarse pudieran y, a propósito de pensamientos medievales, el tomismo y el danteismo y hasta el mahometismo en sus viajes por los ya tan conocidos círculos donde quisiera anidar tanto pensamientos como esquirlas poéticas.

La melanina

Algo tiene la melanina que mejora las esencias naturales, que no hay más que ver la potencia muscular y otras míticas potencias supuestas (o no tanto) que adornan con evidencia a los morenos. Me lo decía a mí mismo esta semana pasada aun viendo que hasta en el calendario de ese Mundial futbolero de Rusia, de los países donde más se prodiga la melanina ya no queda ningún representante, mientras que los europeos, siempre tan reticentes a su uso -excepto en la etapa veraniega cuando las playas son abordadas y desbordadas por fanáticos adoradores del sol que los trata como se merecen, es decir, marcándolos como a uso ganadero y contra abigeo con el sello rusiente- que, a pesar de los pesares, el señorío del fútbol se queda en Europa, pero que, ojo avizor a la quilla que emerge y a la delicuescente marinería que lleva dentro de sus entrañas, todo lo cual anima a pensar y a profetizar con muy poco peligro de caer en errores, que, a la vuelta de muy poco tiempo, se añadirá el cupo o censo o porcentaje moreno de manera ostensible.

He aquí, por lo tanto, la segunda de las maravillas descubiertas por esta contienda futbolística mundial que ha tenido lugar en la vieja nación rusa, que si la citamos como con saludo zaresco del Ivan más o menos terrible, o del strogoffiano correo de Verne o del amasador geográfico leniniano que estampilló generoso en un solo haz a todas sus Rusias, podríamos citar a Yashin, parador insuperable de penaltis que quizás hubiera salvado la honrilla de país anfitrión, pero lo cierto es que recorriendo con cierta esperanzada liza su lista, mi memoria se para solamente, como saeta de radar que no encuentra acomodo tal como soñado, ni en un solo nombre de jugador muy poco o nada destacado en las crónicas futboleras excepto en un tal Golovin, nombre compartido también por un prepotente y brutal marinero de la Revolución nacido en Varsovia cuyo curriculum vitae se ofrece bien jalonado, y enfrentado deseo contra carne, en un honoris causa y a manera de tragedia shakesperiana un tanto a lo Shylock, a la señorial fortaleza de María Iakovlevna von Krüdener, la gloriosa carne en este caso, tan bien narrado todo en un breve relato por Jakob Wassermann (1873-1933).

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