Pacto intergeneracional, pacto de supervivencia

JAVIER YANGUASDirector Científico del programa de mayores de La Caixa

En nuestra sociedad existe un pacto no escrito que establece un principio de reciprocidad «moral», según el cual los padres tienen que cuidar de los hijos y los hijos, más adelante, cuidarán de los padres. Este «vínculo» que posibilita la vida -el género humano no puede vivir sin cuidados-, que está marcado por nuestra propia conciencia, que se graba con nuestros sentimientos hacia los otros, que resulta más fuerte -hasta ahora al menos- que cualquier norma, ley o regulación política, que constituye una referencia clave para el funcionamiento de nuestras sociedades se encuentra hoy en peligro.

No se trata de una afirmación exagerada o dramática. Para que nos hagamos una idea de lo que está en juego, basta con un ejemplo parcial aunque, evidentemente, no solo se trata de demografía. El Estado cuenta en estos momentos con alrededor de 1,4 millones de ciudadanos que han cumplido 65 años o más y que se hallan en una situación de dependencia que requiere la ayuda de otros. Un total de 241.497 de esas personas viven en recursos asistenciales: residencias, hospitales geriátricos... El resto, 1,2 millones y que también necesitan ayuda, habita en la comunidad y es cuidado, a su vez, por otros 1,2 millones de allegados y conciudadanos; se trata en su mayoría de mujeres, que cumplen con el papel que este «pacto moral» les asigna. Imagínense por un momento que este pacto se quiebra. ¿Qué sucedería con ese millón largo de personas, un 20% de las cuales nunca sale de su casa porque no puede? ¿Se podría hacer cargo la sociedad de ellas? ¿O, simplemente, no recibirían ayuda?

Cuidamos a los mayores por solidaridad y porque nosotros mismos esperamos a ser cuidados cuando seamos mayores. Cuidamos a los niños, igual que nosotros fuimos cuidados. Y lo hacemos, en general, con ganas, porque responde a un deseo íntimo de ayudar y de colaborar aunque también nos sintamos moralmente obligados. Queremos hacerlo, nos sentimos bien a pesar de que nuestra implicación no resulte ni mucho menos fácil. Confiamos en que nuestros hijos dispondrán de más oportunidades que nosotros y que el progreso económico y social al que todos contribuimos les posibilitará vivir una vida mejor que la nuestra. Y si vienen malos tiempos, los compartiremos.

Sin embargo, ¿confiamos o confiábamos? Aunque muchos de nuestros conciudadanos, de nosotros, reconocen que viven mejor que sus padres y que sus abuelos, también perciben que la amenaza se cierne sobre el futuro de sus hijos y nietos, ensanchándose la sombra del pesimismo sobre ese porvenir. ¿Dónde trabajarán? ¿Qué sueldos van a obtener? ¿Qué condiciones de vida van a poder desplegar si ganan unos sueldos de miseria? ¿Y cómo se van a poder pagar nuestras pensiones? ¿Cómo van a poder independizarse esos jóvenes y desarrollar una vida autónoma si el precio de la vivienda sigue por las nubes? ¿Cómo nos van a poder cuidar si solo encuentran trabajo 9000 kilómetros hacia el oeste (Perú) o 9000 kilómetros hacia el este (India)? ¿Qué van a heredar si nos vamos a tener que gastar nuestro patrimonio en contratar gente para que nos cuide? ¿A quién y en qué medida van a cuidar, a sus padres, a las nuevas parejas de los mismos?

¿Por qué van a confiar esos mismos jóvenes en una sociedad que para salir de la última crisis económica «montada» por los adultos les condena a una situación de precariedad económica desconocida y horarios interminables? ¿Cómo voy a ser madre, cuidar a mis padres y a mis hijos al tiempo que ejerzo como una profesional intachable, que es para lo que me han educado? ¿Por qué tenemos que aportar a las pensiones y los servicios de unos «viejos» que atesoran un nivel de vida mucho mejor que el nuestro mientras nosotros no llegamos a fin de mes? ¿Por qué tenemos que aguantar que esos mismos «viejos» nos «impongan democráticamente» (por el número de votos cada vez mayor de la población de más edad) lo que va a ser nuestra existencia, por la vía de tener que pagar más impuestos para pensiones o servicios? ¿Por qué, sencillamente, tengo que cuidar?

Este pacto que afecta a las relaciones entre las personas, al empleo, a las posibilidades para aspirar al máximo desarrollo humano, a nuestra fiscalidad, a las pensiones, al cuidado, a la industria, a los servicios que provee el sistema de bienestar, al modelo de familia, a la trasmisión patrimonial y, por qué no, al propio sistema democrático; que tiene que ver con cómo queremos vivir y convivir entre nosotros, que habla de nuestro valores como sociedad, de cómo nos posicionamos ante la inmigración y como avanzamos hacia una sociedad inclusiva, de cómo gestionamos la interdependencia... ese pacto y todo lo que representa, lo percibamos o no, está cuestionado y en peligro. Está cuestionada su legitimidad, entre otras dificultades, porque un acuerdo tan trascendental no se sostiene si hay triunfadores y perdedores (principalmente los jóvenes); y está en peligro su factibilidad por múltiples causas, tanto económicas, como demográficas, de valores, o relacionadas con los procesos de globalización.

Y este es el desafío ineludible: revisar y actualizar este pacto intergeneracional, rehacer el compromiso y la libre vinculación entre los más jóvenes, los adultos y los mayores. Puede parecer que hay cuestiones más urgentes, pero desde luego no más importantes. Porque de ello depende nada menos que la supervivencia de esta sociedad.

* Firman también este artículo: José Félix Martí Masó, profesor emérito de la UPV-EHU; Fernando Fantova, consultor social; Arantza Lekuona, jefa de la Unidad de Gestión Clínica de Obstetricia y Ginecología O.S.I. Donostialdea; Luis Goenaga, consejero de la división de salud de Tecnalia; Ramón Barinaga, exdirector de Gautena; y Máximo Goikoetxea, director ejecutivo de Aubixa fundazioa. Grupo de trabajo para un pacto intergeneracional en la Fundación Aubixa.

 

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