Obsolescencia humanitaria

ÁLVARO MARTÍN VEGADerandein Fundazioa-Grupo Pro África

Ayer se celebró el Día Mundial de la Asistencia Humanitaria para rendir tributo a mujeres y hombres que arriesgan sus vidas llevando ayuda humanitaria a otras personas, así como para apoyar a los afectados por las crisis en todo el mundo. Millones de personas afectadas por conflictos armados se ven obligadas a dejar sus hogares y a luchar cada día para encontrar comida, agua y refugio seguro; menores, niños y niñas, reclutados y utilizados para luchar; mujeres esclavizadas, abusadas y humilladas. La lista de la ignominia humana es mucho mayor. La otra cara de la moneda es la de la figura del personal humanitario, mujeres y hombres que son objeto de amenazas y se les impide llevar ayuda y asistencia a la población civil atrapada en un conflicto, y que debe ser protegida.

En los últimos años hemos llegado a un triste récord en el número de personas desplazadas, refugiadas y víctimas mortales de los conflictos y con ello en las necesidades humanitarias que hay que cubrir. Triste récord en lo que parece una carrera por el insulto a la vida humana y donde lograr el primer lugar consiste solo en superar al conflicto anterior: desde la mediática Guerra de Biafra de 1967, con dos millones de muertos y con la inanición de niños y niñas como deleznable icono de la época, hasta la silenciada guerra mundial africana que desde 1998 ha dejado a más de 6 millones de población congoleña asesinada en continuas masacres de los países vecinos por intereses puramente económicos (de ahí el silencio de la comunidad internacional).

Los datos de la ONU para este 2018 revelan una cifra récord (otra vez…) de 22.500 millones de dólares, con las que espera atender a 91 millones de personas. Aun cuando se cumpliera ese objetivo -algo que no ha ocurrido nunca- 45 millones de personas habrían quedado excluidas de la ayuda, puesto que Naciones Unidas estima que son 136 millones de personas que requieren asistencia en 26 países. La ONU solo recibió el 57,6 % de los más de 23.500 millones de dólares que solicitó en 2017. Si es cuestión de dinero, solo de dinero, con unos beneficios tan abrumadores sobre la especie humana de nuestra aldea global, ¿por qué no se incide en las causas endémicas de las crisis? La respuesta es más matemática que intuitiva: Hay quien gana más dinero perpetuando las crisis.

Es aquí donde debemos hacer las autocríticas necesarias. La deslocalización de la actividad humanitaria en las regiones y países de actuación está respondiendo, sin duda alguna y en términos generales, a los principios humanitarios, pero también conlleva la asunción de los mínimos estándares humanitarios por las organizaciones internacionales de ayuda, y la subsiguiente inacción de los estados donde anida el hecho susceptible de ayuda, de asistencia, de asimilación gradual por parte del estado del problema y darle solución. Pero injusto sería pedirles a los países del continente africano que con sus débiles instituciones se hagan cargo de autoayudarse en la asistencia cuando desde los estados europeos no se asumen las consecuencias de las crisis humanitarias con voluntad política. Solo con dinero. Pero no dinero para resolver el problema. Es importante que sometamos a examen desde todos los niveles al Día Mundial de la Asistencia Humanitaria, empezando en primer lugar y como más importante, por el desequilibrio existente entre la tibia voluntad de gobiernos y estados para actuar sobre el origen de las crisis humanitarias perennes en contraposición con las consecuencias representadas en la imparable voluntad, desesperanza y convicción que pueda tener una mujer subsahariana de poner a sus hijas e hijos en una patera a manos del Mare Nostrum y el sacrificio silencioso y continuo de más de 30.000 almas.

Nos hemos vuelto cómplices de Caronte, monetizando al ser humano y comercializando la asistencia. Se ha dejado al tercer sector, Open Arms y otros centenares más de organizaciones en Europa, la responsabilidad de asistir siempre y cuando sea de manera silenciosa; sin denunciar ni exigir medidas concretas, actuaciones desde una gobernanza mundial. La sensibilización ciudadana sea bienvenida desde cuñas televisivas, radiofónicas y publicitarias de distinto tipo: el efecto llamada a la solidaridad económica de la ciudadanía sea bienvenido, pero ni tocar la conciencia crítica que nos haga exigir otro modelo. Ese efecto llamada no se acepta y hasta se criminaliza.

En este escenario la asistencia humanitaria se ha convertido en una liturgia habitual en los medios de comunicación y en las campañas de concienciación, donde se ha programado la «vida útil» de una crisis humanitaria ante la opinión pública para evitar el concepto de agotamiento del donante. Hemos revestido la asistencia humanitaria de obsolescencia, de caducidad temporal, de inicio y fin del ciclo mediático, de naturalización de las crisis, los problemas y el hecho. Y se ha generalizado la aceptación del discurso fácil de cómo «esos países siempre están en guerras tribales…».

Ninguna crisis humanitaria que genera población refugiada y desplazada se debe a cuestiones étnicas ni religiosas. Las guerras nacen y se perpetúan por dinero. Etnia y religión son excusas, e instrumentalizar la imagen de la víctima atenta contra la dignidad sea cual sea el origen de la víctima. Y programar el olvido mediático o naturalización de la crisis es lo contrario a lo que debiera ser el 19 de agosto: El día mundial de la Ayuda Humana. Vamos. Si vis pacem para humanitatis.

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