¿Novedades en Oriente Próximo?

CARLOS LARRÍNAGAHistoriador

A medida que vamos conociendo datos reveladores sobre el asesinato y posterior desaparición del periodista Jamal Khashoggi, se nos ponen los pelos de punta. Algo que contrasta con una cierta indiferencia entre las cancillerías. Evidentemente, se han oído voces críticas e indignadas con el caso, pero no lo suficientemente contundentes como para replantearse las relaciones con Arabia. El debate entre nuestra clase política sobre la venta de armas y corbetas a ese país es una buena prueba de ello. Al final ha predominado el beneficio económico sobre los aspectos morales, aunque también es verdad que, si no lo hacían empresas españolas, lo harían otras. Son cifras demasiado jugosas como para poder pasar la oportunidad.

El reino saudí vuelve a sacar provecho de su posición de máximo exportador de petróleo. Al tiempo que una retirada de su crudo en el mercado internacional no sólo sería una catástrofe para Riad, sino también para el resto del mundo, provocando una nueva crisis económica. ¿Así quién es el valiente que se atreve a mover ficha? ¿Y por un reportero? O mejor, ¿en nombre de los derechos humanos? Nadie. Y menos aún los EE UU, que tantas veces cacarean de su defensa de las libertades y son los primeros en apuntalar regímenes dictatoriales como el saudí. Justamente, cuando desde la Casa Blanca se está impulsando un plan de ataque relativo a la denominada 'troika de la tiranía', que englobaría a Cuba, Venezuela y Nicaragua. De esta forma se ha expresado recientemente el asesor de Seguridad Nacional, John Bolton. Un halcón dentro del Partido Republicano que ya prestó sus servicios al presidente George W. Bush. Hombre de verbo incendiario y que apuesta más por la fuerza que por el diálogo, piensa contar en su empeño con los mandatarios de Colombia y Brasil.

Lo curioso es que, entre estos tiranos, no haya incluido al rey Salman y a su hijo Mohamed Bin Salman. Claro que quizás sólo se refería a las tiranías latinoamericanas. De ahí los apoyos que espera recibir de Iván Duque y Jair Bolsonaro. Este último, alineado claramente en la extrema derecha, por el momento, y para satisfacción de Donald Trump, ya ha anunciado una actitud firme con el régimen de Maduro, por ejemplo, y el traslado de la embajada brasileña de Tel Aviv a Jerusalén, cuando precisamente esta república sudamericana reconoció el Estado Palestino en 2010. Posiblemente, éstos sean algunos de los peajes que tenga que pagar el presidente electo por la ayuda de Washington a su candidatura. Mas no me extrañaría que con el tiempo viésemos otros. La noticia ha llenado de satisfacción a Netanyahu, que de esta manera podrá suplir la decisión de Paraguay de dar marcha atrás en la traslación de su legación diplomática con la de Brasil.

Un Netanyahu, por cierto, que ya está pidiendo no endurecer las medidas respecto de Arabia, argumentando que el verdadero enemigo es Irán. Cuestión que no deja de ser sorprendente cuando, en realidad, es Israel el que ha agredido en varias ocasiones a posiciones iraníes. Trata de sacar provecho del conflicto que libran sunitas y chiítas por el control de Oriente Próximo. Y no le afecta dar soporte a una monarquía absoluta como la saudí que lleva desde hace años expandiendo el wahabismo, la versión ultra-rigorista del Islam, por todo el mundo, alimentando a grupos terroristas tan sanguinarios como Al-Qaeda o Estado Islámico. Ésta ha sido la respuesta del primer ministro israelí a la demanda del secretario de Defensa James Mattis para que en el plazo de unas semanas se ponga fin a la guerra del Yemen, instando a las partes, saudíes y hutíes, a que se sienten en una mesa a negociar. Las cifras del conflicto son escalofriantes y la presión hacia la Administración Trump tras la muerte de Khashoggi es lo que ha provocado este pronunciamiento.

¿Acaso el contrato de armamento acordado el año pasado por Trump y el gobierno árabe no estaba destinado a liquidar a los hutíes yemeníes, de religión chií y sostenidos por Irán? Es cierto que no podemos pedir un boicot a Arabia por parte de Washington, si bien este posicionamiento supone una novedad en la política exterior de la Casa Blanca, que hasta entonces había dejado hacer a su antojo a su socio en Yemen, importándole muy poco el número de víctimas y desplazados. Era un asunto de Riad. Sin embargo, las poco convincentes explicaciones dadas por Mohamed Bin Salman al secretario de Estado Mike Pompeo en su viaje a la capital saudí sobre el fallecimiento de Khashoggi es lo que presumiblemente ha provocado este giro inesperado. Supone un pequeño toque de atención al heredero para calmar las aguas y aguantar las críticas.

En este contexto tan enrevesado, no debemos olvidar la puesta en marcha de las sanciones estadounidenses contra Irán que han entrado en vigor en noviembre. Especialmente, las que tienen que ver con la venta de petróleo, las cuales beneficiarán a su archienemigo, Arabia. Ya nadie recurre al argumento de que Teherán está incumpliendo el acuerdo nuclear, puesto que no es cierto, sino al de debilitar a Irán cuanto sea posible, con el fin de mermar su estatus de potencia regional. Para Estados Unidos, Arabia e Israel, lo primordial es asfixiar económicamente al antiguo imperio persa para restarle protagonismo. Y en este empeño todo vale, creando extraños compañeros de viaje como Israel y Arabia, que no mantienen vínculos diplomáticos porque Riad no lo reconoce. Es lo que tiene la 'realpolitik'.

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