El muñeco rojo
El semáforo carmesí te mira, terco. Y ahí, parada en la acera, con el ruido del mundo pasando de largo, empieza el otro ruido. El ruido que llevamos dentro
Hay semáforos que deben funcionar con una pila gastada. De esos que se quedan en rojo, quietos, como si disfrutaran de vernos esperar. El muñeco ... carmesí te mira, terco. Y ahí, parada en la acera, con el ruido del mundo pasando de largo, empieza el otro ruido. El ruido de dentro.
No es algo que una decida. Es algo que pasa. Es un runrún que estaba esperando el silencio.
Una no es una, en esos momentos. Una es varias. Se desdobla. Aparece la que tiene prisa y tamborilea con los dedos en el asa del bolso. Y, casi a la vez, salta la especialista en el relleno. La que pone el ruido de fondo para que no pensemos en lo que de verdad importa.
Y una se encuentra, de repente, analizando el abrigo de la mujer que cruza en ámbar. Y de ahí, salta a la vecina del segundo, fíjate tú, con el genio que gasta, la que le ha montado al del tercero por las humedades, que me lo ha contado la del bajo... Y luego, un breve pánico: ¿Caerá el gobierno? ¿Subirá más el aceite?
Son pensamientos de corcho, que flotan. Un murmullo de serrín mental para tapar el hueco, para emborronar. Pero es inútil. Ese ruido solo sirve para despertar a la que manda de verdad.
Pero en cuanto esa se impacienta, salta la otra. La que se acuerda de todo. Esa es la peligrosa. Esa es la que, aprovechando que el autobús acaba de rugir y se aleja, te pone la película otra vez. No la película que una quiere ver. La que ella elige.
Te pone esa conversación de ayer. O de hace cinco años, qué más da. Esa en la que no estuviste rápida. Esa en la que te callaste. Y te la pone en primer plano. Y, sobre todo, te repite, en bucle, la frase que tenías que haber dicho.
Ah, esa frase. Qué brillante es. Qué inteligente. Qué bien sonaba. Es la frase perfecta... que se te ha ocurrido ahora, en un semáforo, veinte calles más allá y un día tarde. Una la ensaya mentalmente. La dice con el tono justo. Y casi puede saborear el triunfo que no fue. Pero el muñeco sigue rojo. Y el dale que te pego, no para.
Si ya ha terminado con el pasado de ayer, se va más lejos. Se va a esa mirada. Esa mirada que alguien te echó una tarde, y que en ese momento no supiste leer. La tienes guardada en algún sitio de la memoria, como una joya rara o como una piedra. Y ahora, en la esquina, la sacas. La miras a trasluz. ¿Qué era aquello? ¿Desdén? ¿Era cariño mal disimulado? ¿Era, simplemente, que tenía el sol de frente?
Y esa mirada, casi siempre, te lleva a esa persona. A esa con la que la amistad era demasiado brillante, demasiado afilada. A ese silencio en un coche que lo decía todo y que rompisteis hablando del tiempo. A esa mano que no te atreviste a rozar. El semáforo es el especialista en resucitar los 'casi', esos fantasmas amables que son los amores que solo vivieron aquí dentro.
Es un teatro privado. Agotador. Una es la guionista que corrige los diálogos, la directora que grita «¡corten!» a los recuerdos, y la actriz principal que siempre cree que pudo hacerlo mejor.
O peor aún. El muñeco rojo te pone esa otra escena, mientras sigues esperando. La del día que oíste algo que no tenías que oír. Un tono de voz. Una puerta que se cerró. Y supiste que algo se estaba rompiendo, pero hiciste como que no, como que ibas a por agua. Y seguiste.
O te trae la otra cara de la culpa. No lo que no hiciste, sino lo que hiciste. Esa palabra afilada que soltaste sabiendo que dolía. Esa impaciencia con quien no la merecía. Y ves su gesto otra vez, nítido, y te muerdes el labio en una esquina cualquiera, queriendo volver a ese instante para, esta vez, morderte la lengua.
Es un jaleo. Un jaleo de culpas viejas, de amores mudos, de ensayos brillantes, de nostalgias y de listas de la compra, porque de repente, en mitad de la tragedia, se cuela la voz práctica: «Llegas tarde».
Es nuestra compañía y nuestra condena. Ese hilo interior que no se calla. La función está en su apogeo. La que se arrepiente está a punto de llorar. La que tenía que haber dicho la frase brillante está enfadada. Y la que tiene prisa, la práctica, está mirando el reloj. Y entonces, pasa. El muñeco rojo se apaga. Un chasquido. Como si alguien diera una palmada.
El hombrecillo verde se enciende. Y empieza a correr, con esa alegría absurda, como si no hubiera un mañana. En una milésima de segundo, el teatro se desmonta. El runrún se calla. Las voces se meten para dentro, ordenadas. El pasado vuelve a su cajón. La mirada indescifrable se guarda.
Y una, que hace un instante era un hervidero de vidas posibles, se vuelve una sola.
Una mujer que tiene que cruzar la calle.
Pone un pie en el asfalto. Y cruza. Y en ese simple paso hacia la otra acera, cabe toda la vida. La que fue, la que no pudo ser. Y la que, a pesar de todo, sigue.
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