Minorías sociales y nueva ortodoxia

Quizá la causa imperceptible pero real de este espectáculo político denigrante se halla en la profunda transformación cultural que se está produciendo ante nuestros ojos

Minorías sociales y nueva ortodoxia
Joseba Arregi
JOSEBA ARREGI

La cultura posmoderna, esa cultura nuestra de hoy en día que por no tener no tiene ni nombre propio, pues se define en función de lo que la precedió, se caracteriza por la multiplicación de sujetos actores de la historia. Con la modernidad surgieron dos actores colectivos importantes cuales fueron la burguesía y el proletariado, cuyo antagonismo sostuvo lo que denominamos cultura moderna, y una de cuyas funciones primordiales consistió en cristalizar intuiciones individuales o grupales particulares del bien común en dos grandes visiones del mismo, de forma que de la negociación entre ambas visiones nació el bien común compartido de las sociedades modernas.

Hoy, tras la destrucción de las grandes narraciones -la religión, la historia universal, el progreso, la revolución, el proletariado-, la situación cultural está caracterizada por la fragmentación creciente, por la aparición continua de nuevos sujetos actores de la historia, por la toma de conciencia, y de poder, de minorías sociales que se multiplican casi por partenogénesis, de forma que la sociedad ya no se sustenta en el antagonismo clásico entre burguesía y proletariado sino en el caleidoscopio de multitud de minorías que crecen como hongos en todas las geografías sociales y políticas, en todas las sociedades, de forma que hacen verdad el dicho de que los árboles no dejan ver el bosque: a cuenta de las innumerables minorías sociales que aparecen diariamente en nuestras sociedades, estas han dejado de ser percibidas.

Me imagino que para muchos ciudadanos el espectáculo denigrante que nos está ofreciendo la política española -de la que no se escapa la vasca: algunos no olvidamos la negociación que duró meses del que iba a ser el Gobierno Vasco de la Seguridad Social y que fracasó por razones conocidas- es un asunto acuciante. Pero no debiera caer en el olvido que quizá la causa imperceptible pero real de este espectáculo político denigrante se halla en la profunda transformación cultural que se está produciendo ante nuestros ojos. Es la desaparición de la sociedad como aglutinante de los individuos y grupos que la conforman y su sustitución por infinidad de grupos particulares, minorías sociales, pequeños colectivos que reclaman sus derechos, grupos conformados en torno a intereses e identidades muy particulares, cambiantes en el tiempo, de distinta duración, que viven de su capacidad de aparecer en el espectáculo de los medios de comunicación, preferentemente audiovisuales o de los nuevos medios sociales, sin que nadie repare en la creciente dificultad de mediar entre tantos nuevos sujetos y actores sociales. Declaradamente y por definición, minorías que se aferran a sus identidades con vocación de minoritarias y a sus derechos que no se someten en absoluto al criterio de si son universalizables (Habermas).

Con la sociedad corre peligro de desaparición cualquier idea de bien común a la que se llega por negociación. Si la negociación del bien común entre burguesía y proletariado era ya bastante difícil y no exenta de problemas, en las sociedades plagadas de nuevos actores, de nuevos sujetos, de nuevas minorías sociales, el bien común se convierte en algo radicalmente ilusorio, parte de la ficción y el espectáculo en los que se ha convertido nuestra cultura. La definición por negociación del bien común se va convirtiendo en una misión imposible.

A este análisis habría que añadir un elemento importante para calibrar la seriedad del problema. En la cultura posmoderna existe una idea clave. Esa idea clave es la abolición del concepto mismo de 'normal', de 'normalidad'. El principio en el que se sustenta la nueva cultura, la posmoderna, es la de que todo es normal porque nada hay de no normal. Lo no normal define la nueva normalidad: nadie tiene derecho a definir cuál es el comportamiento normal, cuál el pensamiento normal, cuál la definición de lo que sea -definición es delimitar el espacio en el que se encuentra el significado de la cosa-. Como exigencia de la libertad absoluta se abolen todos los límites como enemigos de la libertad, nadie tiene derecho alguno a colocar límites. Como consecuencia todo es posible, todo es normal, la tolerancia es valor supremo y se identifica con la indiferencia -que cada cual pueda hacer lo que le venga en gana-. Es decir, la cultura se abole a sí misma. Solo vale el principio de inclusión: todo debe ser incluyente. Pero ya no hay un conjunto en el que incluir nada.

Como esta abolición es imposible -Levy-Strauss decía que toda cultura y toda sociedad se fundamentan en el tabú del incesto, es decir: tiene que haber un límite que no se puede transgredir y que fija lo que es posible dentro y lo que queda fuera de la definición de esa sociedad y de esa cultura-, como por arte de magia -y el poder siempre ha tenido grandes dosis de magia, también el de la actual política- nacen nuevos límites, nuevas culturas relativas, nuevas intolerancias, nuevas ortodoxias con sus nuevos sacerdotes. Cada minoría social posee su propia ortodoxia. Los que pretendan pertenecer a dicha minoría tienen que cumplir con los requisitos establecidos por la ortodoxia, con sus ritos, sus normas, sus heterodoxos y sus anatemas, es decir, definiciones de inclusión y exclusión, de amigos y enemigos, de espacio interior y exterior. Un germen perfecto para la guerra de todos contra todos.

Este es el horizonte cultural en el que se ha producido la superación del bipartidismo para ser sustituido por el que han dado en llamar ahora el bibloquismo, el horizonte en el que la negociación es imposible, el diálogo está abolido en el abuso mismo de la palabra, en el que solo queda el poder descarnado de toda significación más allá de la capacidad de acapararlo todo para no perder nada del mismo. Y este es el horizonte en el que el culpable siempre es el otro, el que está fuera de los límites, el no incluido por definición. Es lo que hay, que diría el castizo.