Mejor, optipesimistas

La historia enseña que el progreso nunca es lineal ni inexorable

JUAN AGUIRRE

La esperanza de vida en el mundo ha aumentado 40 años; la mortandad y la desnutrición infantil se han dividido por dos desde finales del siglo XX. La pobreza extrema, que afectaba al 44% de los humanos en 1981, ahora 'solo' la padece el 9%. En 1820, 88% de la población mundial no sabía leer ni escribir; la proporción actual es inversa. El 35% de los habitantes del planeta vivía en democracia en 1980 frente al 56% hoy. En fin, nos bastan los dedos de una mano para contar las mareas negras o los accidentes de avión que antes se siniestraban por cientos anualmente. Todos esto parece indicar que estamos en el mejor periodo de la historia del género humano. ¿No hay motivo para el optimismo?

Tal es el razonamiento que esgrimen los denominados 'nuevos optimistas', corriente de investigadores y de pensadores que se baten contra la muy extendida idea de la decadencia de la civilización y el declive del planeta. 'Progreso: 10 razones para mirar al futuro con optimismo', 'Los ángeles que llevamos dentro', 'El optimista racional': los títulos de sus libros pueden sonar provocadores en oídos de quienes denuncian que no todo, ni mucho menos, es de color de rosa.

Porque a los optimistas se les puede replicar, también con datos en la mano, que hoy el 0,7% de la población atesora la mitad de la riqueza mundial, mientras que 70% ha de repartirse las migajas del 2,7%. Que la violencia, lejos de desaparecer, ha mudado de forma. Y que buena parte de nuestra actual opulencia se basa en el consumo de recursos a costa de las generaciones venideras y del expolio del medio natural, siempre bajo la ilusoria coartada de que la tecnología acabará por arreglar todos los problemas.

Sin caer en el casandrismo de los que ven inevitable el desplome de la civilización, parece sensato preguntarse si no estaremos viviendo un breve paréntesis de prosperidad al final del cual debamos enfrentarnos a un retroceso no menos acusado. Pues la historia enseña que el progreso nunca es lineal ni inexorable. De hecho, los grandes saltos tecno-industriales se han coronado con colosales catástrofes (la Belle Époque desembocó en dos guerras mundiales, totalitarismos, holocausto). Pero ni lo mejor ni lo peor está escrito. Dependerá de nosotros.

¿Entonces...? Quedémonos con lo que proponía el lúcido George Santayana: asumir el pesimismo como un componente inevitable de la inteligencia, pero alimentándonos diariamente con el optimismo de la acción y de la voluntad constructiva. Solo procurando entender, sin prejuicios ni anteojeras, la evolución de nuestro mundo podremos mejorarlo. En suma, apuntémonos al 'optipesimismo'.

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