Cuando sea mayor

JUAN AZPITARTE SACERDOTE

Cuando sea mayor, que sepa contar mis historias sin cansar a nadie». Esta es una frase que me gustaba escuchar hace unos años en los encuentros mantenidos con un grupo de padres y abuelos que sobrepasaban las ochenta primaveras. Era una dicha alternar con esas personas mayores e independientes que, con su hoja de ruta madura y sana, ayudaban a planear y proyectar la vida y a que, cuando uno sea mayor, podamos afrontar la vejez y su posible dependencia con el mismo talante.

Es una realidad que el hombre, dinámico por naturaleza, nunca está enteramente hecho: se está haciendo. La vida humana es un proceso imparable desde el comienzo hasta el final. Es un largo recorrido con ritmos y contenidos distintos. Cada edad tiene su propia manera de ser, su propia manera de vivir, su propia finalidad. Es ahora cuando las personas mayores cultivan los valores propios de la tercera edad, llamados también de plenitud, como son la experiencia, la serenidad, la bondad y la esperanza en la Vida sin fin. Con los años, la persona aprecia la existencia con más realismo y verdad. Saber vivir cada momento de la vida con renovada ilusión, es una tarea nunca acabada e infinitamente exigente.

En no pocas personas mayores, otra tarea pendiente es el empleo del tiempo libre. El ejercicio del ocio es, ante todo, un acto específicamente humano. Especialmente el hombre de hoy, sometido a un ritmo deshumanizador, necesita vivir más despacio, con más sosiego y calma, dedicando tiempo al esparcimiento, al contacto con la naturaleza, el arte y la lectura, la reflexión interior, un mejor cuidado en las relaciones con las personas de su entorno (familia, amigos...).

Y cómo no recordar la función, insuficientemente valorada, que desempeñan tantos abuelos en la familia actual, contribuyendo a la socialización y educación, en especial, de los nietos, con el aporte de seguridad, afecto, compañía y, algo tan importante como alentar la pervivencia de tradiciones y costumbres de la casa y del lugar. Los mayores son el eslabón que une a los miembros jóvenes de la familia con sus antepasados. Y cuando estos desaparecen, muchos de los nietos llegan a apreciar aún más el valor de los abuelos en sus vidas. La herencia vital que nos han dejado nuestros padres y abuelos es fundamental en la vida de la persona hasta sus últimos años. Existe también una imagen nueva de la tercera edad, fruto de la sociedad desarrollada actual, que hemos de valorar positivamente. En nuestros días, las personas mayores difieren mucho de las de antaño, tanto en la vivencia meramente humana como en la religiosa. Piensan y opinan, toman decisiones y viven una realidad notablemente distinta de la de sus antepasados. El estilo de vida es otro con respecto al de los mayores que les precedieron. Por ello, ahora, queremos hacer hincapié en esa otra realidad de las personas mayores con un mejor estado de salud y mejores condiciones de vida. Una vida que les permita descubrir un modo nuevo de valorar la existencia, que les permita seguir ilusionados y ocupados en actividades motivadoras, y les permita también sentirse útiles y serviciales, manteniéndose más jóvenes.

Es evidente que esta nueva cara de la vejez no se improvisa. «No es tan fácil ser viejo de verdad», como decía un educador de mis años jóvenes, gran conocedor y orientador de la tercera edad. La vejez, mi vejez «es o será continuación y, al mismo tiempo, superación de mis edades anteriores»; construcción personal trabajada día a día, año tras año». Cada edad necesita una formación, un acompañamiento que ayude a vivirla con renovada ilusión. Supone seguir paso a paso los cambios físicos y psicológicos, los logros y frustraciones de la persona en cada edad, para continuar viviendo de manera diferente, con más hondura, sin duda, que en tiempos anteriores, los últimos años de la vida. Esta es la perspectiva, la riqueza que se nos ofrece proyectada al futuro. Un futuro que será lo que nosotros le hagamos ser. El gran quehacer que nos sugiere la realidad de la longevidad.