CONTRA TODA LA LÓGICA

La Real resistió perfectamente en los inicios de cada mitad y leyó el partido mejor que las colchoneras para firmar una remontada histórica

Quiñones levanta la Copa en Granada/Lobo Altuna
Quiñones levanta la Copa en Granada / Lobo Altuna
Imanol Troyano
IMANOL TROYANO

Indescriptible. La Real volvió a levantar ayer al cielo de Granada un nuevo trofeo en una final más de treinta años después. Algo insólito para varias generaciones de aficionados blanquiazules, que por fin vieron cumplido un anhelo tan apreciado desde que Arconada paró aquel penalti en Zaragoza. Lo consiguió un equipo, que no sección, que ya ha pasado a formar parte de la mejor historia de un club de más de cien años. Lo hizo, además, contra toda lógica, ante un rival que se mueve entre cifras inalcanzables y tras realizar un partido que demuestra una vez más que el fútbol no entiende de géneros.

En una final a priori tan desigual, la Real tenía que resistir como fuese a un previsible inicio arrollador de las jugadoras del Atlético. Un gol en contra a las primeras de cambio podría pesar demasiado a las de Gonzalo Arconada. Las guipuzcoanas arrancaron el encuentro de manera más conservadora, aunque finalmente sin la defensa de cinco. Dedicaron sus esfuerzos en gran medida en cerrar las bandas, por donde el equipo colchonero creó el peligro en el partido de la semana pasada en Zubieta. Reforzó los costados con constantes ayudas a las laterales. Kiana sacrificó su faceta ofensiva para echar una mano a Bea Beltrán, mientras que Leire Baños hizo lo propio por la derecha con Iraia. Ludmila era la mujer a tapar y las donostiarras no la perdieron de vista en toda la primera mitad. Sin embargo, el gol madrileño llegó desde el costado derecho. Esther apareció otra vez y daba la sensación de que se atisbaba una dura y larga final para las de Arconada.

Pero el paseo colchonero nunca llegó, porque la Real reaccionó rápido y bien. A los tres minutos de encajar, las donostiarras encadenaron más de cuatro pases seguidos por primera vez y el balón llegó a parar a los pies de Kiana Palacios. La mexicana se encontró frente a la media luna del área sin oposición y disparó. Lo probó con la suficiente fe como para que la pelota acabara entrando. La Real empataba y abría un nuevo escenario, del todo desconcertante para el Atlético de Madrid, que segundos antes pensaba si marcar dos o tres goles más.

La precipitación apareció demasiado pronto para las madrileñas, que nunca supieron derribar el entramado defensivo txuri-urdin. La Real leyó mejor el partido y nunca se le vio incómoda. Para entonces, además, las guipuzcoanas ya habían descubierto el punto débil de las rivales, que estaba en el lugar más sensible de este deporte: la portería. Lola Gallardo nunca se recuperó del error en el gol de Kiana y las realistas le apretaron continuamente en busca de un nuevo fallo. La Real no solo llegó viva al descanso, sino con mejores sensaciones.

El segundo acto arrancó de la misma manera que el primero. El Atlético salió a morder, pero algo había cambiado. Mientras se sucedían los ataques rojiblancos, las blanquiazules hacían tiempo para preparar la jugada de la noche. Esta vez Kiana se disfrazó de creadora de juego. Levantó con toda la intención del mundo un balón a Leire Baños y esta cedió a Nahikari para que la urnietarra marcara el gol de su vida. El partido dio un vuelco impensable y a las ansias del Atlético se le sumó la fatiga.

Con media hora por delante las colchoneras fueron incapaces de batir a Mariasun Quiñones, que aportó toda la seguridad que Lola Gallardo no supo dar a sus compañeras. El recital de intervenciones de la jugadora de Hondarribia llegó a resultar estelar. Brilló Quiñones, pero por encima de todo brilló la Real. Zorionak, txapeldunak!