El legado de Rubalcaba

La repentina muerte de Alfredo Pérez Rubalcaba, víctima de un ictus casi fulminante, ha sumido en el llanto a la familia socialista y ha conmovido profundamente al conjunto de la clase política, que le admiró y temió su talento, a partes iguales, durante su dilatada carrera y que ahora le tributa un reconocimiento casi unánime. La tregua en la descarnada batalla electoral que se dieron los partidos para homenajear a quien lo fue casi todo durante más de tres décadas resume lo que significa la pérdida de Rubalcaba, memoria del país que se reconstruyó a sí mismo después de la dictadura; parte activa - en el Gobierno y en la oposición- de relevantes acuerdos de Estado; y muñidor del camino hacia el final de la violencia de ETA, primero como negociador del Pacto Antiterrorista y, después, como el ministro de Interior y vicepresidente bajo cuyo mandato las armas callaron para siempre. La dimensión política del ya histórico dirigente del PSOE requiere no el elogio superficial y sí la asunción cabal de la complejidad y dificultad que entraña haber consagrado toda una vida a la esfera pública y a conducirse como un servidor del Estado. Rubalcaba deja el legado de una trayectoria, de la gestión de unos tiempos convulsos, que no encuentran un fácil espejo en el que reflejarse en los nuevos procederes de nuestra convivencia.