Khashoggi se resiste a morir

La democracia norteamericana funciona a pleno rendimiento, pese a Trump, y ha pedido explicaciones

ENRIQUE VÁZQUEZ

La conocida afirmación según la cual algunos políticos tenaces ganan sus batallas después de muertos podría ser aplicada al desdichado periodista saudí Jamal Khashoggi, asesinado en Estambul el 2 de octubre por agentes de su gobierno. En buen profesional es como si entendiera que su labor consiste ahora en mantener su trágico caso como una losa política, diplomática y moral que pesa sobre el desacreditado régimen de su país.

Lo último al respecto es la confirmación por la CIA de que el asesinato no pudo ser ejecutado sin el aval, si no la iniciativa, del príncipe heredero saudí Mohamed bin Salman, un dinámico treintañero empeñado en modernizar el país y liberalizarlo un poco al hilo de las expectativas del público más joven.

En este marco es una cruel paradoja que tales intenciones excluyeran toda posibilidad de extenderlas al ámbito político y en procura de vencer toda oposición genuina a sus planes alguien resolvió que Khashoggi era un estorbo y resolvió eliminarlo.

El Gobierno debió reconocer que agentes suyos viajaron a Estambul para detenerlo en el interior del consulado y actuando por su cuenta lo torturaron hasta matarlo, pero el audaz príncipe heredero quedó fuera de la investigación oficial, que avanza tras la detención de los ejecutores materiales del cruel asesinato.

Pero la democracia norteamericana, que funciona a pleno rendimiento y pese a lo que desee el presidente Trump, ha pedido explicaciones y el martes el senador republicano Bob Corker, nada menos que presidente del Comité de Relaciones Exteriores, no vaciló en recuperar y dar por sentada como indudable la culpabilidad del príncipe heredero en el asunto.

Lo mismo opinó el también republicano Lindsay Graham al término de la reunión que un comité ad hoc sostuvo con la directora de la CIA, Gina Haspel, conocida por su currículum en la organización, en el que figuran operaciones clandestinas algo más que discutibles y bordeando graves delitos. Trump la nombró pese a todo cuando Mike Pompeo dejó el cargo para ser secretario de Estado en marzo pasado y su reputación de dura y algo más que expeditiva en su pasado como jefa de operaciones clandestinas es bien conocida. Ahora, juiciosamente, parece haber optado por actuar como una funcionaria dependiente del poder del pueblo expresado en las cámaras. Algo es algo.

 

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