El motor de la innovación
Es necesario superar el miedo a cambiar los contextos que nos rodean o esos espacios conocidos donde nos sentimos cómodos
Economista y doctor en Competitividad Empresarial y Territorial, Innovación y Sostenibilidad
Domingo, 9 de noviembre 2025, 00:04
Mucho se habla de la importancia de la innovación para garantizar el progreso y la competitividad de una sociedad. En gran medida se suele proyectar ... un discurso un tanto teórico y plagado de referencias a la productividad y los adelantos tecnológicos. Sin embargo, la innovación es algo más que tecnología, productos o sistemas sofisticados. En realidad, la innovación no es sino la expresión del compromiso con la transformación y el progreso en los diferentes ámbitos de la vida. Por eso resulta relevante pensar sobre cómo poder activar la innovación, para lo cual no estaría de más reflexionar sobre el origen de la misma.
La primera constatación es que para innovar hay que superar el miedo a cuestionar y cambiar los contextos que nos rodean, las cosas que configuran nuestro habitual marco de referencia, donde nos sentimos cómodos dentro de un espacio ya conocido. Este paso es obligado para innovar y para ello contamos con tres elementos fundamentales a tener en cuenta: la necesidad, la ambición y la curiosidad. En realidad, los tres elementos se mezclan, ya que están íntimamente relacionados. Así, la necesidad nos llevará a superar el miedo para ganar nuevos espacios de confortabilidad que no tenemos, nos llevará a relacionarnos con otros para comerciar, para intercambiar. La ambición, más allá de la necesidad, proyectará espacios de conquista, de progreso. Y la curiosidad nos llevará a investigar, a hacer crecer nuestro conocimiento. Comerciar, conquistar y explorar han sido, y son, actividades propias de los colectivos humanos y de las personas, que explican historias de comercio, conquista y exploración científica. Historias que se explican desde la innovación. La realidad es que se innova por necesidad. Una necesidad sobrevenida, la supervivencia frente al ataque o la escasez, o una necesidad anticipada, fruto de la ambición o de la curiosidad. De manera que, sobrevenida o anticipada, la necesidad está en el origen de la innovación.
Es verdad que la curiosidad puede mover la innovación, aunque la necesidad no aparezca de una forma muy evidente. Ahora bien, en la medida en que la innovación aspire a ser útil -de manera que aporte un valor reconocido-, debería cubrir una necesidad declarada. Este matiz no es menor y explica innovaciones que no llegaron a implantarse. Fornés recuerda que, en el siglo I d.C., Herón de Alejandría ideó un artilugio que denominó 'eolipia', que aprovechaba la fuerza del vapor de agua para mover unas bolas. No obstante, hasta el siglo XVIII no aparecerían los motores a vapor. Los griegos no le dieron utilidad a la innovación de Herón -aunque sería innovación- porque su sociedad esclavista no la necesitaba, dado que era más práctica la utilización de la fuerza humana.
En gran medida el potencial de la cultura europea, proyectada en el mundo a través de la exploración, el descubrimiento y la conquista, nace de la necesidad. Se encuentra en su histórica incapacidad para conseguir, en el propio territorio, los recursos necesarios para progresar y explica los afanes expansionistas de Europa. El profesor Luis Miguel Enciso se refiere a la comparación con China que hace Ribot, de quien resume que «China fue un inmenso espacio con una gran capacidad para incrementar el número de habitantes. En China hacían falta hombres. En Europa, al contrario, faltaba espacio. Europa, a diferencia de China, se vio en el desafío de un espacio cerrado que la impulsó a la expansión».
Algo parecido sucede con los musulmanes. Los viajes «en línea recta por el océano Índico eran fáciles» -observa Brandel-, «pero fallaron las motivaciones… No necesitaban llegar al África Occidental». Así, el mérito de Occidente tuvo bastante que ver con la necesidad de salir de su espacio vital. Esta expansión europea, fruto de la necesidad, se explica también en el plano de las innovaciones técnicas en la navegación y en el combate naval. El profesor de historia económica Carlo M. Cipolla tiene una sugerente apreciación al respecto cuando hablaba de cañones y velas: «Sustituir remeros por velas y guerreros por cañones significaba, en resumen, el trueque de energía humana por fuerza inanimada».
Por otra parte, el motor de la necesidad, acompañado de la ambición por progresar, también encuentra su apoyo en el estímulo de la curiosidad. A veces la ilusión de alcanzar algún territorio mítico, señalado por la cartografía antigua y recuperado para los nuevos territorios americanos con motivo del descubrimiento, llegó a impulsar expediciones y viajes de descubrimiento de la mano de grandes exploradores.
A nivel personal las cosas no son diferentes. Innovamos porque nos enfrentamos a una necesidad, fruto de circunstancias sobrevenidas o anticipadas. Una necesidad que estimula también la ambición y la curiosidad, y que nos lleva a romper contextos creados por las verdades inamovibles del statu quo establecido.
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