Idiomas y distinciones

SANTIAGO AIZARNA

En la mañana del lunes, después de un día domingo algo borrascoso políticamente por allá abajo, puede que más de uno se haya preguntado cuanta distancia media entre el Urumea y el Guadalquivir y hasta haya bocetado in mente aquel episodio de Antoñito el Camborio, con voces de muerte de votos a manera de 'mordiscos de jabalí', pero es que mi teclado nada quiere saber de esos extremos narrativos, que prefiere aun cercándole rimas nada fugitivas que dello hablan, no recorrer esa distancia, que los pasos ya son vacilantes y los zombies somos lentos cual tortugas.

Y prefiero ponerme a escribir sobre temas de acendrada limpidez y liquidez que se hace presente en nuestra vida comunitaria de estos días, que, si por uno de sus resquicios arde en intentos de restablecimientos idiomáticos, por el otro, y dadas las fechas por las que estamos viviendo, sería imperdonable escaqueo no prestar la debida atención a tan honrosas distinciones como las que se fraguan en edificios y equipos municipales que, como bien se connota, arman bulla y jolgorio abundante.

Ambas a dos, en todo caso, bastante encuadrables en el grupo, digamos por decir algo, como de vetusteces, que, al retiñir de la palabra en las sirtes de las neuronas, no me queda otro remedio que practicar una especie de gimnasia mnemotécnica y quedarme paciendo del eco de esa palabra, 'vetusta', es decir, la palabra 'vetusta' más como síndrome de esencia urbana dormida que por vieja, más por su sedencia que por su urgencia, más por su dormición que por su movilización.

José Ibarrola

Supongo que será una pena no poder escuchar las maravillas idiomáticas en las que parece que estamos insertos, que sí que se habla de boca y de orejas cuando a algunos ya nos ha atacado, sin remisión posible, la cariñosa enfermedad de la taciturnia y de la sordera y si se abre la boca con exceso se corre el peligro de espejearse aquella imagen tan vieja de los renacuajos en las 'askas' de mi niñez, y de improviso, como si se me fuese la olla del pensar quién sabe a qué tan largas distancias, me lleva la imaginación de consuno con la memoria a textos cuasi evangélicos como aquel de las quietas aguas del pozo que, como todas, pasan su tiempo, más o menos muerto, esperando la llegada de la samaritana con su ánfora en la oquedad de su talle camino de la fuente, que así vio su pictograma un tal Miró «recortándose rítmica, fresca y graciosa en el cielo del camino», nada de superfluo en su figura pese a la baladí sombra de la belleza cuando no más que un respingo de pincelada nunca supera, cinco maridos en su calendario, infecunda cuando tantas veces les corresponde ser henchidas, quiérase o no, a las trotacaminos del vivir tan desamoradas quien sabe si por impotencias de su amor o por hastíos de cuerpos que vinieron y se fueron de su corporeidad y mente de fábula, arregostada ahora ante el extranjero recostado en el umbral pidiendo de su agua cuando tan pura y abundante destilaba de sí mismo, que es éste, también, un diálogo más que de palabras, de pensamientos que vuelan como libélulas o como peloteo de tenis que salva redes de incomprensión, idiomas de carriles varios encarrilándose en común encarrilarse, el dialogo elevado no sabría decir yo si a las rápidas alas del halcón en tumba abierta o al de las mariposas tan erráticas porque en los aires del capricho aletean, un recuerdo de máximo reconocimiento a la figura de un Juan de Valdés (1509-1541) que con su 'Diálogo de la lengua' dejó expeditas las no diferencias del hablar y el escribir, que ya se sabe que dialogar es adentrarse en el territorio del prójimo por ser tan próximo (una misma palabra en dos edades), cavar en aradura en sus entretelas siempre que se buscara asunción de almas y ni importan ni idiomas ni habladuras sino su pegamento, la razón que nos embiste de tratar y trastear razones de toma y daca, todo ello difícil de lograr o aun imposible cuando la lengua, por muy conocida que se sea, no encuentra campo de aterrizaje adecuado, que ahí es cuando entramos en el juego (por mucho que el árbitro nos pite el orsay) los que sentimos obliterada esa oreja que, como contrapartida de castigo irrazonado la generosa naturaleza nos regala el oído duro, la armonía exquisita del silencio, y que, acaso es posible que, arrebujados en él, desoigamos olímpicamente al oído que, durante sesenta años al menos, nos ha estado regalando sus acúfenos más maravillosos sin cesar ni un solo momento, el son y resón de las olas como la asombrosa concha marina recogió del batir de las olas y, con tan alta vida en común, ya hasta ha llegado a formar parte de nuestra existencia.

Llegamos con esto, al otro tema tan popular de las honrosas y honorables dádivas navideñas que, aunque como al calendario corresponden, tiene su fecha asignada, la impaciencia a fuer de ser más trotera que la misma ínclita celestina la de la ciudad ya engalanada y más y más engalanándose y una serie de personajes (evito así el género y sus consecuencias) en plan panoli (más en su vertiente cándida que en la otra), dispuestos a recibirlos con total aquiescencia.

 

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