Hipervínculos

De las anotaciones al margen surgieron los emoticonos y demás iconografía

Javier Sabadell
JAVIER SABADELL

Cuando aún existían las bibliotecas (quiero decir, cuando aún tenían sentido), me entusiasmaba indagar en las anotaciones de los libros en préstamo. Yo era incapaz de tal cosa. Jamás he usado un marcapáginas porque entiendo que todo lo que sucedo en derredor de los libros es superfluo y no hay cosa más horrenda que un innecesario marcador. Por eso doblaba las esquinas de las hojas, para recordar dónde dejé la lectura. Y pese a ello, nunca me atreví a escribir en un margen, fuese o no mío el libro, salvo en los de texto, y casi tampoco. Los consagraba con devoción: el doblez superior era litúrgico.

Si las anotaciones eran idioteces, cosa que sucedía con frecuencia, tachaba de idiota al ultrajador, imaginándolo embutido de ignorancia y sin respeto por nada, ni tan siquiera por su mediocridad. Pero si el escolio era una glosa inteligente, una acotación erudita, una referencia interesante o tal vez un apunte crítico, cualquier cosa enriqueciese lo impreso, de inmediato olvidaba los ultrajes porque el auténtico deleite consistía en aventurar algo de aquellos otros lectores cultos y refinados, cuya existencia anónima se manifestaba en los exiguos bordes donde muy poco cabía: de ahí lo valioso del hallazgo.

Esta costumbre de las anotaciones al margen se ha perdido. Muchos ignoran que de ellas nacieron los emoticonos y demás iconografía que impregnan los textos que hoy nos animamos a escribir mientras golpeamos la pantalla de un teléfono que ya no sirve para telefonear. Sírvase recorrer las cortesías de los volúmenes transcritos por los monjes del medievo para comprobar esta afirmación. La contextualización puede resultar difícil, pero dado el mortal aburrimiento de las obras escolásticos, la intención no puede ser menos evidente. Que ahora empleemos los divertimentos de antaño para comunicarnos, prueba lo vano que se ha vuelto el mundo de un tiempo a esta parte.

Si tuviese la oportunidad de enmendar aquel criterio que me impedía anotar en los márgenes, hoy casi todos los libros de papel que alguna vez he leído con entusiasmo contendrían acotaciones y comentarios en bastantes de sus páginas. Pero mucho me temo que mi historia como lector acabará encerrada en la misma indiferencia que mereció mi cobardía. Como lector, soy intrazable e inconjeturable, que es peor. Por eso deploro la sacralización que ejercí durante tanto tiempo. Como ahora todo lo que leo es digital, ya no hay cabida para escribir hipervínvulos con bolígrafo.