Fijar el mundo

Ander Izagirre
ANDER IZAGIRRE

Me los imagino con sus teodolitos, escuadras y lápices, calculando ángulos y distancias, muy rigurosos, bigotudos, decimonónicos: entregados a la misión de medir el mundo. Me los imagino cada vez que veo las placas de hierro que indican las altitudes en las estaciones de tren. Las cifras suelen incluir un decimal, que ya es hilar fino, y por eso me maravilló la placa que vi en el ayuntamiento de Roncal, porque indica 695,232 metros sobre el nivel del mar. Esos tres decimales son un alarde de minuciosidad, entre lo sublime y lo patológico, porque veamos: ¿qué punto del pueblo está en ese milímetro exacto? ¿La base de la placa, el centro del pomo de la puerta del ayuntamiento, el suelo que sube o baja milímetros cada vez que cambian las losetas?

En la fachada del ayuntamiento de Pamplona hay dos placas de mármol. Una dice: «Altura sobre el nivel del mar en Santander: 443,80». Y otra, la que cuenta de verdad: «Altura sobre el nivel del mar en Alicante: 444,67». El Mediterráneo es más estable, así que allí, en Alicante, mandaron a un funcionario para que midiera el nivel del mar cuatro veces al día entre 1870 y 1874. Calcularon la media y establecieron el nivel cero de España. A partir de ese cero, los topógrafos siguieron la línea del tren para medir las altitudes paso a paso hasta Madrid, continuaron hasta Santander, cuidando siempre los tres decimales, sin perder ninguno por el camino, y en algún momento llegaron a Roncal y fijaron ese 695,232. Parece una precisión definitiva, pero sabemos que las tierras y los océanos suben y bajan constantemente. Por eso, el esfuerzo de aquellos topógrafos tan racionales resulta conmovedor, porque se aferraron a ese engaño por el que damos lo mejor de nosotros mismos: actuamos como si nuestras obras fueran a perdurar.