Ferrari no tiene un problema de dimensión

ANER GARMENDIA Director General de EGA Master

En el sector industrial de la Comunidad Autónoma del País Vasco el tamaño medio de las empresas es del orden de 15 trabajadores. El debate sobre si la dimensión de las empresas importa de cara a su competitividad en el mercado global es recurrente. Es una constante dentro de las preocupaciones de la patronal y las administraciones públicas. El reducido tamaño empresarial influye negativamente en la capacidad de nuestras industrias a la hora de acometer procesos de I+D+i. Es comúnmente aceptado que un mayor tamaño conlleva una mayor inversión en innovación, una mejora de la productividad, acceso a mercados internacionales y mejores condiciones de financiación.

En este caldo de cultivo teórico, es típico relacionar indicadores de competitividad con la dimensión promedia de las empresas y llegar a la conclusión de que el tamaño importa. Pero, paradójicamente, en el terreno de la práctica nunca se termina por demostrar que exista una causalidad entre tamaño y competitividad. Nadie parece atreverse a fijar un tamaño mínimo óptimo y, en aportación constructiva de Bart Kamp, investigador del área de internacionalización de Orkestra-Instituto Vasco de Competitividad: «la escala mínima eficiente de una empresa puede ser diferente en función de si trabaja en un nicho o en un mercado de mayor calado».

Mientras la opinión difundida en términos generalistas sigue asegurando que el tamaño empresarial es clave y urgente si se quiere apostar por una economía industrial de alto valor añadido en un mercado cada vez más global, instancias tan poco sospechosas de minusvalorar la competitividad, como Orkestra, han podido comprobar que Euskadi presenta una alta tasa de «campeones ocultos», esto es, empresas de mediano tamaño, internacionalizadas, muy focalizadas en determinados nichos de mercado poco conocidos y líderes mundiales en su actividad.

No parece que Ferrari esté preocupado porque Volkswagen o Toyota fabriquen mil veces más coches. Seguro que la compañía italiana de automóviles deportivos tiene sus propias asignaturas pendientes, pero a nadie se le ocurriría decir que Ferrari tiene un problema de dimensión. El principal déficit para ser competitivo no es el tamaño de la empresa, sino el no disponer de un producto o servicio diferenciado. Seguramente es una desventaja añadida para el País Vasco el hecho de que sus empresas sean en general más pequeñas que las de otros países cercanos. Es cierto que un mayor tamaño puede suponer ventajas en algunos ámbitos. Pero no es menos cierto que, en expresión harto significativa de Orkestra, «la competitividad es un cocktail donde el tamaño no es más que uno de sus ingredientes». No se trata tanto de negar que la falta de tamaño adecuado -que no siempre tiene por qué ser sinónimo de grande- puede resultar contraproducente, sino de denunciar que con la insistencia extenuante sobre la necesidad de un tamaño mucho mayor, corremos el riesgo de que ciertas pequeñas y medianas empresas concluyan que ni pueden ser innovadoras ni aspirar a estar internacionalizadas. El ejemplo práctico de muchas empresas vascas nos demuestra que no tiene por qué ser así.

«Ya no será el grande el que se coma al pequeño, sino que será el rápido el que devore al lento». La frase es de Andy Stalman, probablemente el mayor especialista mundial de branding (poder estratégico de la marca como elemento diferenciador). Mayor tamaño implica mayor inercia, mayor jerarquización, decisiones más lentas, menos personas en la organización que 'tocan cliente', equipo menos cohesionado y, en todo caso, comunicación más complicada. Empresas orientadas a nichos específicos suelen tener menor competencia y márgenes más altos. Empresas generalistas u orientadas a segmentos de mercado de gran volumen acostumbran a ser normalmente mucho más grandes pero tienen más competencia, menos diferenciación y márgenes más pequeños. En estos casos no parece que las condiciones del mercado favorezcan más a las empresas grandes que a las pequeñas. Tampoco que las grandes resulten más sostenibles.

Las empresas grandes pueden tener cierta ventaja a la hora de destinar más recursos a la innovación en producto. Pero seguramente la ventaja será de las de tamaño más modesto en innovación de modelo de negocio, propuesta de valor, gestión de personas e, incluso, de puesta en práctica ágil y veloz de las innovaciones de producto. Seguramente hasta será más rápida en la identificación de nuevas oportunidades. La gran pregunta es: ¿debe una empresa rentable, orientada a un nicho especializado de alto valor, ampliar su negocio a segmentos de mayor volumen con el objetivo de buscar un mayor tamaño?

La respuesta es clara: el objetivo principal no debe ser nunca aumentar de tamaño, sino atender mejor las necesidades del cliente. Como recoge Xavier Marcet ('Esquivar la mediocridad'), la capacidad de adaptarse «es clave para sobrevivir en un mundo donde emergen tecnologías disruptivas por doquier y los clientes cambian sin pedir permiso». Y somos mayoría los que creemos que las empresas grandes son más renuentes al cambio que las pequeñas. No, el crecimiento no es la prioridad; es, en todo caso, la consecuencia de una estrategia adecuada y la consiguiente acertada implementación. El mayor tamaño no es el objetivo, más bien es el peaje que las empresas tienen que pagar por su éxito.

 

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