Dimitir
Se supone que hacerlo emite una especie de señal negativa, algo que no puede crear costumbre, ni servir de precedente
Dimitir es un arte tan difícil que muy pocos consiguen dominarlo. Algunos lo hacen por miedo, por el 'qué dirán' tan potente, coactivo y amedrentador, ... que trueca voluntades, altera deseos y, a veces, afila la piedra roma de la humildad que yace en el fondo oscuro de todos los humanos. Otros lo hacen por orgullo. Intentan con su gesto dar coherencia a lo que ha sido durante largo tiempo su trayectoria en el desempeño del ejercicio público, de tal manera que al inicio y al término de la misma coincidan en armonía y lucidez. Pueden hacerlo por despecho, queriendo dar a los demás unas lecciones que ellos distan mucho de haber aprendido. Y, también, hay quienes dimiten por chulería, por menosprecio activo a todos, por creerse superiores e imprescindibles, vástagos de la fortuna, responsables ante Dios y la Historia, escrita por alguien muy afín, que, al final, los absolverá de sus errores o de sus crímenes, según la gravedad y el peso de cualquiera de ellos, o del conjunto en sí.
Hay quien dimite y al instante amenaza: «Conmigo o con el Caos», cuando normalmente quien tal afirmación realiza es el artífice creador del caos y de los infiernos visibles. Hay quien dimite sin saber que dimite; y quien dimite sabiendo que no es una dimisión, sino un amago, un «puedo y no quiero», más que un «quiero y no puedo».
«Señores, estoy hasta las narices de todos nosotros», fue la frase que pronunció Estanislao Figueras, presidente de la Primera República, en el consejo de ministros que presidía. Luego, se marchó a casa, se cambió de ropa, metió en una pequeña maleta lo imprescindible y sin despedirse de nadie, ni dar aviso de su decisión, se marchó a Francia. Aunque como frase no es de menor grandeza aquella que dijo un ministro dicharachero (las hemerotecas señalan a don Pío Cabanillas) durante la Transición: «Al suelo, que vienen los nuestros». Lo que sucede con estas frases es que el tiempo las va limando y quitándoles sus asperezas. Después habrá olvido, y luego nada.
Pasa lo mismo con la dimisión; aquí no dimite nadie, y quien dimite es mirado mal, y es motivo de mofa y escarnio; es tratado como si fuese un ser marginal, persona indigna de la amistad encarecida de sus amigos, no fiable. Se supone que dimitir emite una especie de señal negativa, algo que no puede crear costumbre, ni servir de precedente. Aunque sería divertido, y de consecuencias inimaginables, que todos los gobernantes dimitieran en el mismo momento, por otras razones.
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