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Hace cincuenta años yo tenía dieciocho y era la persona más feliz sobre la tierra. Y, por mucho que lo invoquen, Él no saldrá del agujero
Hace cincuenta años tenía dieciocho y, como otros muchos de mi generación, ya me creía adulto a esa edad temprana, sin saber que uno muere ... y, a veces, no llega a serlo. Encerrados en nuestras torres de cristal, el marfil era para exquisitos, veíamos el mundo a través de una atalaya sensible y lo juzgábamos desde nuestros prejuicios: tan pesados ellos, y tan ligeros nosotros, como fabricados con plumas. No veíamos a la gente tal y como era, sino tal y como queríamos, entonces, que fuera. Veíamos gente, mucha, pero no individuos ni personas. La diferencia entre nuestro idealismo y la realidad se hizo evidente un poco más tarde, cuando se celebraron las primeras elecciones democráticas. Pero cargados de poesía, a la derrota la llamamos desencanto, y tiramos para adelante.
Pero, hace cincuenta años, pocos sabían lo que iba a suceder después, ni siquiera quienes nos gobernaban, sumidos todos ellos en una vorágine de acontecimientos súbitos, inesperados, chapoteando en la marisma de la duda y de la indeterminación. Fue una huida hacia adelante, que es la única manera de huir, ocultando cada rastro que se deja, borrando las huellas, como hacen quienes no se sienten seguros en su posición, creyéndose perseguidos y acosados en una cacería para la que no estaban preparados. Fue también una ilusión. Enseguida, las aguas volvieron a su cauce, el río a su mar de siempre, el orden por donde solía. Pero esa es otra historia, o es la misma, pero según quien la cuente, o desde qué punto de vista se haga, cambia el sentido de aquello.
Hay un exceso de narratividad sobre los acontecimientos que se iniciaron hace cincuenta años. Mucho es lo que se cuenta, pero no se cuenta desde la posición de entonces, sino desde la de ahora, uniendo ambos puntos con un hilo de coherencia que, en muchos casos, no existió. Cada cual pretende, abarcando todos los ángulos posibles, erigirse en el intérprete y sumo sacerdote de la verdad. Ahora que la subjetividad es árbitro de la historia y aparece el sentimentalismo como método de análisis y modo de percepción, conviene volver la vista atrás, reflexionar sobre el pasado, dar cuenta de lo que se hizo o, más bien, sobre lo que no se hizo y sacar las debidas lecciones, no porque dicho ejercicio vaya a cambiar en nada el relato transmitido, sino para no seguir engañándonos aún más.
Hace cincuenta años yo tenía dieciocho y era la persona más feliz sobre la tierra. Y, por mucho que lo invoquen, Él no saldrá del agujero.
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