EXTRAÑAS EN UN TREN

El presidente del Gobierno despacha en el avión oficial. /
El presidente del Gobierno despacha en el avión oficial.
Rosa Palo
ROSA PALO

Cuando a los catorce años me caí dentro de una alcantarilla, pensé que mi despiste había tocado fondo. Literalmente. Pero no: a los veinte cogí un autobús creyendo que iba a Cartagena, y acabé en Lorca. Desde entonces, cada vez que me subo a un transporte público lo único que me preocupa es no haberme equivocado de destino. Y no volver a caerme dentro de una alcantarilla, claro. Que una, por mucho cosmopolitismo que intente exhibir en su Instagram, sigue llevando una Gracita Morales dentro. Y, encima, sin tanta chispa como ella.

Por eso, al bajarme el otro día del tren que iba a Madrid y comprobar que, efectivamente, había llegado a Madrid, me puse loca de contenta. Tanto que la señora que viajaba a mi lado me miró extrañada. Un rato antes me había mirado con la misma cara al ofrecerle el 'Semana' que acababa de terminar de leer. «No, no, muchas gracias», me dijo. Entonces me di cuenta de que el libro que reposaba en su regazo era 'El gran Gatsby'. Y escrito en su lengua original. Está visto y comprobado que las señoras de hoy en día no sólo saben latín, sino que también saben inglés. Y yo, intentando igualarnos por lo bajo al sugerirle que leyera una revista del corazón. Definitivamente, hay muchas formas de caerse a una alcantarilla. A veces, hasta me tiro sola. Para el próximo viaje me echo en el bolso las obras completas de Kant en alemán.

La señora bilingüe seguía sin entender mi alegría. Mientras yo sonreía como una idiota, ella resoplaba tras el viaje, peleándose con la maleta. Posiblemente ignoraba que no siempre se llega al destino al que se quiere ir. A Sánchez, por ejemplo, le está costando bastante. Y eso que tiene clarísimo a donde va. Aunque prefiera el Falcon a los trenes.