Estabilidad a prueba

El contraste de la situación vasca con el bloqueo español no solo da motivos para congratularse. Interpela al lehendakari a tratar de agotar su legislatura aprobando los Presupuestos

El Parlamento Vasco celebró ayer el último pleno de política general de la legislatura en medio de un ambiente contradictorio. No solo el lehendakari, como era esperable, se aferró en su discurso al contraste entre la estabilidad de la que puede presumir Euskadi por comparación con el «descorazonador» panorama español, sino que el resto de líderes también se cuidó de desbordar los límites de la cortesía parlamentaria para no reproducir patrones indefendibles; ni siquiera la crudeza con que el popular Alfonso Alonso exhibió su distancia con Iñigo Urkullu y su Gobierno llegó a adquirir los tintes de un debate bronco. Pero en paralelo, ninguno de los intervinientes en la sesión pudo sustrarse al contexto doblemente electoral al que se asoman los vascos, que volverán a votar en unas generales el 10 de noviembre con las autonómicas asomando en un horizonte que vence dentro de un año a más tardar y que previsiblemente se precipitará si Urkullu no encuentra apoyos, por segundo año consecutivo, para sacar adelante los Presupuestos. Con distintas perspectivas e intereses, el lehendakari, su partido, sus socios del PSE y las tres fuerzas de la oposición en Euskadi se afanan en proteger sus respectivas posiciones ante el riesgo de contagio, en términos de desafección ciudadana, que representa la perpetuación del bloqueo en la política española. Pero ese bloqueo se ha convertido, al tiempo, en un factor nuclear en la liza partidaria también entre nosotros, acentuado ante la reiteración electoral del 10-M. Si el lehendakari pudo flirtear con la autocomplacencia en varios pasajes de su intervención matinal fue, sobre todo, porque la Euskadi en paz, airosa económicamente y capaz de trabar acuerdos tras las últimas elecciones municipales y forales no encuentra hoy una competencia solvente en Madrid y tampoco en Barcelona. Sin embargo, esa imagen benéfica no borra la constatación de que el Gobierno en minoría de Urkullu no ha logrado hacer prosperar buena parte de su programa legislativo. Y que el país continúa sin encontrar un consenso inequívoco ni sobre la actualización de su autogobierno -el PSE descartó ayer sumarse al Concierto Político planteado por el lehendakari, una iniciativa que en su día ya propuso Josu Jon Imaz- ni sobre la revisión obligadamente crítica de lo que ha supuesto el terrorismo de ETA.

Cataluña, el Brexit duro y la amenaza de recesión

El jefe del Ejecutivo vasco se comprometió en su discurso a perseverar en la estabilidad y a no someter a Euskadi a una «tensión política» similar a la que emana de Madrid, en coherencia con sus convicciones y su línea de actuación institucional desde que accedió a Ajuria Enea. Pero esa estabilidad se encuentra a prueba. A prueba, porque es justamente la parálisis española y la lógica crítica que se hace de la misma las que interpelan al lehendakari y al PNV a intentar aprobar su proyecto de Cuentas para 2020, toda vez que una nueva prórroga haría difícilmente explicable la prolongación de la legislatura vasca. Y a prueba, porque no existen certezas sobre que el 10-N vaya a desenredar la madeja general y sí inquietantes incertidumbres sobre factores tan diversos como el conflicto catalán, la eventualidad de un Brexit duro o la amenaza de una nueva recesión mundial. La sesión de ayer escenificó la voladura de puentes entre el PP y Urkullu y un potencial acercamiento de las posiciones de éste con Podemos en materia presupuestaria. De cómo pueda sustanciarse esta modulación de las alianzas dependen las Cuentas y el margen del lehendakari para agotar su mandato evitando otras elecciones antes de tiempo.