Epicedio

SANTIAGO AIZARNA

Hasta la misma muerte, a veces, tiene un rasgo de humor, una salida fuera de su natural talante luctuoso, y no solamente en los casos en los que nos enteramos que ya la diñó aquel cabroncete al que le teníamos ganas pero que, en cuanto le supimos difunto, inmediatamente pasamos a envidiarle, pues que, en el peor de los casos, él ya pasó por las horcas caudinas del morir o navegó sobre la barca de Caronte, experiencias que, a cada cual, sabemos que nos esperan a la vuelta de cualquier encrucijada, aunque en estos tiempos, ha sido el Halloween, un juguete de importación por vía fílmica que ha cambiado las costumbres, y nos ha hecho saber que, aquello de las encrucijadas en las estratas aldeanas (la vela encendida dentro de la calabaza craneal, la noche de Walpurgis de tantos países nórdicos, la suelta de las brujas como si las orgías zugarramurdiarras resucitasen, etc, etc.) ya son hitos que, si pudieron parecer imperecederos, lo cierto es que, recorriendo esa vía del calatraveño que las bencinas jeremíacas siempre despiden pese a estar tan a traspiés de las moças fermosas, damos en caer en la sentencia cuasi bíblica de un tal Eduardo Mallea (1903-1982) quien, puesto a escribir una tragedia hogareña vino a caer en el cepo-trampa de las sagradas escrituras que, como ante la cueva del tesoro, en vez de con el consabido 'abracadabra', sus puertas se abren ante el título prometedor (por tan jeremíaco) de que 'todo verdor perecerá'.

Lo cierto es que, a las visitas camposantas acostumbradas de todos los años, se le han sumado en esta última de esta pasada semana alguna que otra novedad, vieja novedad en mi caso ya que procede de aquel año de 1953 (de cuando pincelaba por las calles con mis flamantes veinticinco años con la estúpida idea in mente de que el mundo era mío, que es en estas aberraciones es donde se sumergen las ideaciones personales cuando suben los niveles de la testosterona, que pocas veces o nunca se percata de que no se trata nada más que solamente de un fluir venéreo, si bien se mira. Y, dígase ya, que me acordé de que fue ese año de 1953 cuando los diez académicos del Goncourt se honraron a sí mismos concediendo su prestigioso Premio a un tal Pierre Gascar por su doble obra 'Las bestias' y 'El tiempo de los muertos', un pozal de sangre en cada caso, el de un matadero municipal en el primero con terneros, carneros, corderos, bueyes, que decía con seguridad Gascar que «no se asustaban del olor de sangre que se elevaba de las grandes cubetas del matadero donde unos vientres se hinchaban como la ropa blanca flotando en el agua de los lavaderos'; y qué decir del segundo pozal, el de 'El tiempo de los muertos», en donde también es la sangre la protagonista, la sangre o, más bien, su falta, el cementerio de los huesos que para eso se han ido abriendo, disponiendo, ofreciéndose todos los cementerios, que «hacen falta muchos muertos, mucho tiempo, muchos pasos también para que un cementerio encuentre su realidad funeraria. En una palabra, es necesario que los muertos preparen su tierra. Nosotros, por cierto, no estábamos allí. Nuestros muertos serían muertos de guerra para los cuales debíamos hacer, en la hierba, un talud», que es de ese modo, como escribía Gascar que los alemanes estaban tratando de montar en Brodno un cementerio tan peculiar que, muy por su dentro, tan intestinalmente, nos lo cuenta, que, en una revisitación de éstas como en cierto modo lo estamos haciendo, no podemos menos que admitir que hay una punta de lanza que emerge de tales lugares y nos agujerea la atención haciéndonos ver que, siempre con su crudeza habitual bañando tridentes y otras espuelas pungitivas, el refranero nos señala y nos advierte que la más extrema pobreza del hombre reside en aquel que «no tiene donde caerse muerto», hosca tierra recipiente que se muestra renuente en este caso a tratos visceralmente vomitivos, lo que nos lleva, por contraste, a fijar la atención en otros mausoleos, que si el primero, el de Halicarnaso nos habla de primores del amor, de la bella Artemisa llorando perlas de ternura hasta la idolatría hacia su guapo amor que tuvo la desdicha de morirse sin obtener antes su permiso y le advoca en una como especie de balada mortuoria, de canción que va sobrevolando mitos, por oportuna convención que se noticia en nuestros lares damos en mirar por encima del río Bidasoa hoy como tantas otras veces vadeado por el contrabando (ahora de migrantes) , y oteamos allí, en la lontananza parisina, monumentos tales como el del Panteón y el de los Inválidos (por citar algunos), por lo que traigo a mi consideración en vueltas y revueltas de conciencia humana tan fácilmente presta a ser despavorida la imagen de aquel pescador tan angélico diría si no fuera por un detalle de crueldad ínsita en su conducta y es que nunca se atrevió a comer lo que pescaba.

Dicho lo cual, paso a paso, se nos está llegando a poner en escena una resurrección en (y con) un cementerio que diría yo que es tema que no desdeñaría la pluma de, digamos Luciano de Samosata (especialista en atender 'diálogos de muertos') o, quién sabe si, también en una revaluación histórica de aquellas biografías imaginarias a lo Marcel Schwob.

 

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