El empleo del mañana

Todo cambio genera una resistencias que cuestiona las posibles bondades inherentes. Nos guste o no la transformación tecnológica es inevitable y la sociedad la tiene que encarar

BRUNO RUIZ ARRÚESocio Director de Norgestión

En los albores de lo que se denomina la Cuarta Revolución Industrial, cuando, entre otros factores, la inteligencia artificial y la robotización de las máquinas pueden suponer una transformación radical y nunca vista en la eficiencia en los medios de producción de bienes y servicios, se debate sobre cuales serán las oportunidades y las amenazas asociadas a esta revolución que ya está siendo una realidad en las sociedades desarrolladas.

Dentro de esas inquietudes destaca especialmente una: ¿cómo será el trabajo y el empleo del futuro? Se dice que dentro de veinte años desaparecerán multitud de profesiones que actualmente existen y dan empleo a millones de personas, que trabajos administrativos de todo tipo no necesitarán personas al ser susceptibles de automatización digital, que profesiones industriales serán barridas por la automatización de máquinas y robots, incluso profesiones liberales como abogados o médicos podrán verse afectadas por los efectos de esta revolución tecnológica. En fin, el apocalipsis laboral a la vuelta de la esquina.

Todo cambio genera una resistencia que cuestiona las posibles bondades inherentes. Existe un lógico temor pero, nos guste o no, la transformación tecnológica es inevitable y la sociedad la tiene que encarar. La historia nos recuerda que en el pasado ha habido corrientes pesimistas y optimistas sobre esta cuestión. Pesimistas como aquellos luditas que en la Primera Revolución Industrial se dedicaban a destruir telares y máquinas porque eran inventos malignos que destruían el empleo. Incluso el propio Marx predijo que la sustitución del hombre por la maquina sería la propia contradicción y el fin del capitalismo. También ha habido corrientes optimistas, como la representada por Steven Pinker entre las más recientes, que defienden lo contrario. Así citarán por ejemplo como a principios del siglo XX mas del 60% del empelo estaba asociado a la agricultura mientras que hoy no supera el 5%. Y hoy con menos gente en el campo se producen más bienes agrícolas habiendo migrado la gente del campo a la ciudad para desarrollar trabajos que no existían hace un siglo.

Puede concluirse 'grosso modo' que hasta la fecha los optimistas llevan mas razón que los pesimistas, pero es necesario reconocer que en esos procesos de transformación mucha gente salió desfavorecida, ya que perdieron su empleo como sustento de vida porque no tuvieron la oportunidad de adaptarse a nuevos trabajos. Es decir, que en el caso a caso, la lectura no resulta tan bonita y optimista.

En cualquier caso, cuatro conclusiones pueden extraerse del pasado para encarar el futuro. Primera, hay que afrontar este cambio con una mentalidad positiva. El nivel de desempleo hoy no es mayor que el que había hace cien años, sin embargo hoy hay más población trabajando, se ha logrado la incorporación de la mujer al mercado laboral y hay más productividad como consecuencia de la automatización industrial. Y con estos factores en 'contra', el nivel de ocupación y trabajo ha aumentado y las condiciones laborales son mejores que hace un siglo.

Segunda, hay que prepararse. Como todo cambio disruptivo, se requiere cierto tiempo para alinear las distintas fuerzas centrifugas. Evidentemente una buena parte de la población se verá afectada por esta transformación. Aquí la única receta posible es la educación. Las nuevas generaciones deben estar atentas a aquellas profesiones que se demandarán en el mañana y que requerirán una base científica y tecnológica pero sobre todo obligarán a desarrollar muchas habilidades personales que aporten imaginación, creatividad y flexibilidad. En la medida que enseñemos habilidades personales, y no solo puro conocimiento, estaremos formando profesionales capaces de encarar los retos laborales del mañana.

Tercera, hay que asumir que el trabajo como hoy lo concebimos y la forma como hoy trabajamos mutarán. Puede que una de las ventajas de ésta revolución sea que trabajemos menos y dispongamos de más tiempo libre. Puede que surjan nuevas formas de trabajar gracias a la tecnología que hoy nos son desconocidas. Es muy probable que desaparezcan inevitablemente cientos de profesiones pero otras tantas nuevas profesiones surgirán. Conviene recordar a Darwin que relacionaba la supervivencia de una especie con su capacidad de adaptación.

Cuarta idea, el trabajo es un bien sagrado. Más allá de la pereza de todos los lunes al levantar la persiana, el trabajo dignifica al hombre. Al trabajo le pasa como a la salud, uno se da cuenta de lo que vale cuando no lo tiene. Lo siento por aquellos que se sienten cigarras y sueñan con vacaciones anuales ahora que se nos acaba agosto y volvemos al trabajo. Seguiremos ganando el pan con el sudor de nuestra frente. Una sociedad solo prospera con inteligencia y mucho trabajo.

Muchas son las incertidumbres sobre como será el trabajo el día de mañana y como afectará al hombre y a la sociedad en la que convivimos. Incógnita en definitiva pero esperanza también. Y mucha. Seguro que la sociedad del mañana dará respuesta a este interrogante. Así que manos a la obra: papel, lápiz y mente despejada para intuir la solución ante esta incógnita que el futuro está llamando a nuestra puerta.

Ojalá nuestra sociedad, y especialmente nuestra juventud, sea capaz de intuir por donde van los tiros pues ya nos recordaba Ciceron que cosecharemos lo que hayamos sembrado.

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