Educación universitaria por decreto

MANUEL J- TELLO

El Departamento de Educación ha hecho público un decreto sobre las carreras universitarias. Desgraciadamente, el decreto no busca la excelencia, incluso la puede impedir por acción, omisión o un inadecuado intervencionismo. Tres comentarios al respecto.

El primero tiene que ver con un gravísimo hecho: la usurpación de la autonomía universitaria. Algo que las universidades, por miedo, no se atreven a denunciar ante la opinión pública. Incluso más, para la Universidad pública es una usurpación malévola y perversa. Hasta ahora el Gobierno Vasco la controlaba con el presupuesto, al que llaman «subvención», y con un desairado intervencionismo en las elecciones. Como este control no produce los resultados esperados, se promulga un decreto para demostrar quién manda. El decreto también sirve para justificar la necesidad de algunos de los ‘innecesarios’ altos cargos (pudepas) de la Consejería de Educación.

El segundo comentario tiene que ver con un importantísimo e intencionado olvido: que en las universidades están los profesionales, más o menos de élite, que conocen lo que se explica en el mundo desarrollado y las tendencias de lo que va a venir. Además, estos profesionales conocen cuáles son los intereses de la investigación, a nivel global, y disponen de información sobre las nuevas necesidades de conocimiento. En los países de referencia estos profesionales del conocimiento son los que analizan los cambios y adaptaciones que deben hacer sus propias universidades. Este proceso se ha intentado iniciar en la UPV/EHU en varias ocasiones. Sin embargo, su avance se ve dificultado por los obstáculos que pone, en el camino, el Gobierno Vasco. Este decreto es una muestra de cómo la consejería desprecia el conocimiento de los que saben. En su lugar, no se dice por quién, elaboran un decreto, usurpador de libertades, que quieren obligar a cumplir a los verdaderos especialistas. Se olvidan que en el mundo intelectual el éxito de las medidas basadas en el uso desmedido del poder es, al menos, problemático, cuando no, imposible.

El tercer comentario hace referencia a la esencia de la Universidad: el carácter universal del conocimiento. Eso no quiere decir que no se pueda, o se deba, plantear reformas o intensificaciones en la enseñanza que se imparte. Por ejemplo, buscando, en ciertos casos, una relación más directa con el ámbito empresarial. Pero si queremos una sociedad equilibrada la Universidad no puede abandonar los demás ámbitos, sobre todo si es pública. Si no fuera así tendríamos una Universidad, y por tanto una sociedad, con orejeras. Orejeras mostradas por los miembros de la consejería en la presentación del decreto. Uno de sus altos cargos, más o menos, dijo: «Lo que hará única la seña de identidad del modelo educativo vasco será la continuidad de los grados en función de su valoración en relación con el tejido industrial». El Gobierno se olvida de que, actualmente, las universidades ya valoran con ese parámetro una parte importante de los grados que imparten. A este respeto me pregunto: ¿Saben en la consejería quiénes hicieron la transformación industrial del País Vasco? Solo dos ejemplos. La automatización de la industria vasca se inició, fundamentalmente, por titulados en física (electrónica y automática), formados en la Facultad de Ciencia y Tecnología de la UPV/EHU. Eso fue una gran revolución tecnológica. Un segundo ejemplo: los ingenieros que diseñan las máquinas herramientas fueron en el inicio, mayoritariamente, titulados de las dos Escuelas de Ingeniería antiguas: la de la UPV/EHU (Bilbao) y la de la Universidad de Navarra (San Sebastián). Fueron titulados que con una buena formación básica pudieron adaptarse, fácilmente, al mundo cambiante en el que viven. Actualmente, y creo no equivocarme, todas las universidades de la comunidad autónoma tienen como exigencia propia la permanente reforma y adaptación de sus programas, lo que significa que cambian sus contenidos académicos con las necesidades del entorno. Incluso más. En el caso de la UPV/EHU, que es la que conozco mejor, si el Gobierno la dotara con un presupuesto suficiente y le permitiera ejercer su autonomía, la adecuación de las titulaciones a las necesidades del país, en vez de ser realizada con ‘sangre, sudor y lágrimas’, iría a mucha más velocidad.

Dos pequeñas adendas a este breve e insuficiente análisis. Dicen que el decreto quiere contemplar «el acercamiento de la formación profesional a la Universidad». En realidad, se quiere recuperar algo que era habitual en los años sesenta. También dijeron que «los grados deberán incluir una política de igualdad». Yo me pregunto: ¿Existe ahora alguna limitación por sexo? Que yo sepa no. Es más, en la Universidad hay actualmente más mujeres que hombres (56% y 44%). Esto hace que en algunos grados, como los biosanitarios, el alumnado es muy mayoritariamente femenino.

De pequeños, a los que vivimos en las épocas duras, nos solían decir: no se juega con las cosas de comer. Ahora parece que nadamos en la abundancia y llenamos los mensajes de párrafos sin valor. Yo me atrevo a pedirle al Gobierno que, por favor, sea respetuoso con los profesores universitarios y, sobre todo, con su esfuerzo. No olviden que son una parte importante de las minorías selectas del país.

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