Durango: cómo entrar en un cuadro

PATXI ZUBIZARRETA/ ESCRITOR

En un relato que siempre me ha parecido perturbador y siniestro, Marguerite Yourcenar cuenta la historia del viejo pintor Wang-Fo. Una noche, se encontraba dibujando retratos de borrachos en una taberna, cuando entró Ling. Fascinado por su obra, el joven invitó al pintor a su palacio y este quiso pintar a la esposa de su anfitrión vestida de hada. Nada más terminar, ella rompió a llorar, pues el cuadro le sugería la cercanía de su muerte. Cada día que pasaba Ling empezó a amar aquel retrato más que a su propia esposa y, entretanto, ella palidecía más y más. A los pocos días, Ling encontró a su esposa ahorcada en un ciruelo y Wang-Fo, cautivado por el tono azulado que muestran los cadáveres, insistió en pintarla también ahorcada. Ling terminó vendiendo todas sus pertenencias y partió con el pintor a recorrer los caminos. Pero sucedió que, una noche, mientras dormían en una posada, los soldados entraron a apresar a Wang-Fo. Cuando lo llevaron ante el joven emperador, este le confesó: «Mi padre me crió en la habitación más apartada del palacio para protegerme de las inmundicias del mundo. Hasta que cumplí dieciséis años, tus cuadros fueron mi única ventana, me mostraban un mundo puro y perfecto que yo pronto gobernaría». El pintor le respondió: «Usted es joven, es el verano, no sé qué desea; yo soy viejo, soy el invierno…». El emperador, incapaz de soportar más el trastorno que le había producido aquel ambiente perfecto, deseaba vengarse. «Cuando mi padre por fin me mostró el mundo, todo me pareció feo y sucio. Por eso ordeno que te corten las manos y te quemen los ojos, luego te mataré…».

Nada más escuchar la sentencia de muerte, el joven Ling se lanzó hacia el emperador, pero un soldado se adelantó cortándole la cabeza con su espada. Entonces, el emperador continuó: «Antes de morir, te ordeno que concluyas una obra que tienes pendiente». Wang-Fo no recordaba aquel cuadro, pero cuando lo trajeron ante él, inmediatamente reconoció su trabajo: aparecían unas colinas, la desembocadura de un río y el mar al fondo. Puede que, mientras lo estaba pintando, se distrajera con el vuelo de algún pájaro, o mirando al muchacho que quería atraparlo…Wang-Fo, confundido, dio un último retoque a las nubes y, mientras estaba pintando la espuma de las olas, de repente se percató de que tenía los pies mojados: el suelo del palacio empezaba a cubrirse de agua. Entretanto, en el lienzo se acercaba una barca y cada vez se oía más claramente el chapoteo de sus remos. Todos los presentes, horrorizados, contemplaron el agua que brotaba del cuadro y empezaba a inundar el palacio; y en la barca venía nada menos que Ling, con un pañuelo escarlata que le cubría el cuello. «¡Pensaba que estabas muerto!», le dijo el pintor. «¿Tú vivo y yo muerto?», y Ling le alargó la mano para que subiera a la barca.

Con el agua cubriendo ya los hombros del emperador y del resto de los presentes, la barca se alejó hacia el interior del lienzo. «¿Todos esos van a morir?», preguntó el pintor, inquieto. «No tema, esos no son capaces de entrar en un cuadro». Y a medida que ambos se alejaban en su barca, el nivel del agua fue descendiendo. Cuando el emperador puso la mano sobre sus ojos, la barca apenas se divisaba y pronto se ocultó tras unas rocas. Wang-Fo y Ling habían desaparecido para siempre en aquel hermoso mar de jade creado por el pintor.

Paradójicamente, el relato 'Cómo se salvó Wang-Fo' puede convertirse en esclarecedor si nos preguntamos si todavía somos capaces de entrar en una obra de arte, en un libro, en un concierto. ¿Lo somos? La respuesta puede variar según los datos ofrecidos por anémicos estudios sociológicos y, especialmente, según nuestro estado de ánimo. Sin embargo, cuando acudimos al caravasar de Durango, nada más traspasar su puerta, se podría decir que seguimos buscando una metáfora o una imagen que explique nuestros días.

El verdadero arte no oculta la realidad. Este año, sin ir más lejos, se presenta en la feria el libro autobiográfico 'Aurpegiak' -'Rostros'-, de Mohamed Xukri, traducido del árabe por Arantzazu Royo. Como una especie de Ling apasionado, confieso mi debilidad por él y por sus reflexiones: «Abandonaste la piel del burro para cruzar la del toro y llegar hasta la del gallo, pero en todas ellas había piojos». Se trataba de alguien que, tras abandonar Marruecos y cruzar la península, soñaba con llegar a París, donde solo encontró un mundo obsceno y letrinal en lugar de la hospitalidad que esperaba. Vivimos trastornados por un exceso de realidad, pero el arte, en un ejercicio de serenidad y sensibilidad, nos invita a desp-i-ojarnos de nuestros prejuicios, a vernos en el espejo de las otras personas, a reencontrarnos y reorientarnos.

Sin esperar a la Azoka de Durango, acabo de engullir la novela 'Fakirraren ahotsa' -'La voz del faquir'-, de Harkaitz Cano. Basada en la vida bamboleante del cantautor Imanol Larzabal, nos muestra un relato para nada idealizado de su tiempo. Espero encontrar un pálpito semejante en la novela 'Rosa itzuli da' -'Rosa regresa'-, de Pako Aristi, y más oscuro y sórdido aún en la ansiada novela 'Ostadarrak lurra ukitzen duen lekua' -'Donde nace el arcoíris'-, de Edorta Jimenez. Pero sobre todo me dejaré sorprender por todas las ventanas abiertas a un mundo real, lleno de sugerencias y tentaciones. El verdadero arte posee el don de embellecerlo.

 

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