Dignidad e indignidad

FERNANDO SILVA

Así de fuerte, he leído una esquela de una señora, con cara simpática, que ha fallecido con 106 tacos. No están tan lejos los homenajes que hacía la Diputación a quienes llegaban a los cien años. El diputado general, con chófer y séquito, se desplazaba al pueblo donde vivía la anciana (era siempre mujer) con un enorme ramo de flores y placa de plata conmemorativa; el pueblo y la familia esperaban emocionados una hora antes el inicio de la ceremonia. Luego hacía lo propio el diputado (sin ser general) de turno, los centenarios crecían tanto que se cuestionó tanta parafernalia. Al diputado le sustituyó el director general con tan solo un ramo de flores y, finalmente, iba un funcionario, siempre con flores, aunque no tan abundantes. Y seguían creciendo los centenarios sin poder dar abasto con tanto homenaje. Supongo que ahora son los centenarios los que van al palacio foral a saludar: «Hola buenas, soy el centenario de la semana. Nada, pues hasta el año que viene». Me encantan los centenarios con cara de simpáticos, por eso han llegado tan sobrados.