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Desprecio

En lo que casi todos los seres nos asemejamos y también nos igualamos es el gentil y general desprecio hacia el propio pasado

FELIPE JUARISTI

La ropa tendida, estos días de calor, olía a sol. Era una sensación agradable, porque en esta ciudad, con tanta humedad latente, no es fácil conseguir que la ropa guardada no huela a moho, que es el olor de las cosas dejadas a la intemperie, o en manos de la desidia y de la rutina. El sol marca todas las cosas a fuego, y, por eso, es temido o adorado, según. Como el tiempo es uno de los temas de conversación preferidos en la ciudad, junto a la gastronomía y el deporte en alguna de sus expresiones, he sido testigo de conversaciones inacabables sobre las bondades y prejuicios del sol, y he llegado a la conclusión de que en esa cuestión como en otras poco tenemos que ver con los habitantes de las tierras más meridionales, que llevan lo del clima con más naturalidad y parsimonia.

Pero en lo que casi todos los seres nos asemejamos y también nos igualamos es en el gentil y general desprecio hacia el propio pasado. Creo, sin ser psicólogo, que es una manera de no aceptar el presente, de no querer asumirlo tal y como es. En todas partes se ocultan, como si fuesen vergonzosas, páginas de su historia, se presentan los monumentos, algunos hermosísimos, como si fuesen fruto de la tierra, tal y como son las sandías, los melones, tomates, pimientos y demás, y no elaboraciones humanas, consecuencia de una determinada coyuntura histórica y social. Ya sé que generalizar es de necios y, además, como el señalar, está feo; pero más de una vez me ha pasado que, preguntando por el origen de un castillo, una ermita o un molino, me han respondido que siempre han estado ahí. Y si pregunto qué es siempre, responden que siempre es 'siempre'. Y luego me indican que admire la nueva fuente, un monumento digno de ver, según dicen, y luego resulta que es un adefesio: mucha fuente y poca agua, o viceversa.

Hacerse con un pasado a medida es otra manera de despreciarlo. Enseñar las cosas como no son, ni fueron es un engaño que se tolera y se fomenta. Se inventa la historia pasada; se inventan montones de historias, como para llenar varios almanaques, con la intención de que el presente pase inadvertido, sin que nadie se dé cuenta de la realidad de las cosas, ni pregunte, ni inquiera, ni se inquiete. Pero el pasado existe, por mucho que se desprecie o se ignore. Igual que el presente: estos días de sol y júbilo, el calor erizando las hojas de los árboles, jugando con ellas, volviéndolas secas y mansas. Como la memoria, otro árbol.

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