Deshaciendo el peso del silencio

Deshaciendo el peso del silencio
IÑIGO CALVO / FELIX ARRIETAProfesores de la Universidad de Deusto (Deusto Business School y Trabajo Social)

Este fin de semana hemos asistido al último capítulo de la actividad de ETA. Con el acto de Cambó se cierra un capítulo que se inició hace 60 años y que ha dejado por el camino víctimas mortales, además de un largo reguero de amenazas y coerciones. Un camino en el que además, y como reacción a la violencia terrorista de ETA, hemos visto también terrorismo de Estado y otro tipo de lógicas violentas. Todo ello ha hecho que las últimas décadas hayan sido, cuanto menos, un periodo convulso para Euskadi.

Sin embargo, el 20 de octubre de 2011 se abrió la puerta a una nueva esperanza. ETA decidía dejar a un lado su actividad violenta y con ello la ciudadanía recuperaba espacios de libertad que nunca debió perder. Muchos pensábamos que en los años siguientes el diálogo sobre lo sucedido, sobre aquello que pasa en nuestra sociedad, sería mucho más fácil. Muchos pensábamos, citando al obispo Uriarte, que los caminos para la reconciliación irían apareciendo «asumiendo de forma constructiva la reparación del pasado, la edificación del presente y la construcción del futuro».

Y es cierto, durante estos casi siete años hemos visto pasos e iniciativas que han supuesto avances en esta materia. Los foros de paz y convivencia que se han realizado en distintos municipios (como paradigma, el trabajo realizado en Errenteria); los encuentros restaurativos entre víctimas y victimarios; los testimonios de las víctimas en escuelas y universidades; los reconocimientos públicos por parte de las instituciones… No es poco lo que se ha avanzado en este tiempo en el que, como ha mencionado más de una vez Jesús Eguiguren empleando la metáfora de la nieve, «ETA se ha ido derritiendo, ha ido desapareciendo».

Sin embargo, en este escenario quedan todavía elementos de preocupación. Para los autores del presente artículo, millenials nacidos en los años 80, la violencia ha sido un elemento estructural en toda nuestra etapa de socialización. Lo fue en la etapa educativa y en el ambiente de barrio y lo fue en las noticias que reflejaban los medios, reflejo de una clase política polarizada y una sociedad luchando por mantenerse a flote en ambientes francamente duros. Como reacción a estos sucesos, siempre hemos percibido una 'convivencia construída' basada en un cierto respeto mutuo entre personas diferentes, pero poco diálogo -y no digamos debate- sobre los elementos que caracterizaban el conflicto, los conflictos, o los outputs o resultados de los mismos. Nadie hablaba demasiado alto en espacios públicos, sólo en espacios discretos (ese término tan triste y, a la vez, tan nuestro). La conversación pública vasca, esencial para construir una sociedad libre y abierta, ha sufrido mucho debido a la jibarización a la que la sometimos.

Años después, cuando las personas jóvenes que vemos en las aulas se han socializado ya en ambientes muy diferentes, la pregunta es obvia: ¿Siguen existiendo esos espacios de no-diálogo? ¿El deshielo ha permitido la 'normalización' de debates y preguntas? Los más optimistas nos abonábamos a esta segunda hipótesis con la esperanza de que las personas jóvenes hubieran roto esa espiral del silencio que nos pesaba a las generaciones anteriores, y ahora se hablara con naturalidad de los elementos asociados a décadas de violencia y las consecuencias en nuestra sociedad. Sin embargo, durante estos últimos meses distintas experiencias y visiones han puesto en duda esta 'hipótesis optimista'.

No han sido pocas las personas jóvenes que recientemente nos han manifestado sus dificultades para hablar libremente en sus cuadrillas o en clase de estos elementos. El propio Consejo de la Juventud de Euskadi también subrayaba este elemento en la presentación de su último documental en materia de paz y convivencia: el peso del silencio. El peso que todavía tiene el silencio en las conversaciones cotidianas. Este es el elemento que, a nuestro juicio, nos debiera preocupar en este momento: ¿Por qué no se dan estas conversaciones? ¿En qué estamos fallando?

Las instituciones han hecho una apuesta clara para generar y facilitar espacios y estructuras de interacción y encuentro en diferentes pueblos y ciudades. Estos espacios han facilitado experiencias interesantes y constructivas en su mayor parte. Sin embargo, han sido espacios en los que las personas participantes formaban, en su mayoría, parte del 'ecosistema de la pacificación'. Personas comprometidas y concienciadas previamente, dispuestas a dedicar tiempo y capacidades personales a la co-construcción de estos espacios. ¿Conoce por lo tanto la sociedad estos espacios? ¿Son parte de la realidad cotidiana del resto de las personas y, como tal, de las personas jóvenes? Parece que se puede apuntar una primera vía respecto al desconocimiento de todas estas realidades.

En segundo lugar, el alto el fuego de 2011 y en mucha mayor medida la desaparición firmada esta misma semana, han hecho que los temas vinculados a la paz y la convivencia pasen a ocupar los últimos puestos de la agenda de la ciudadanía. Incluso un tema candente como el acercamiento de los presos, pendiente aún de resolución, ocupa según el último DeustoBarómetro uno de los últimos lugares de preocupación, muy por debajo del paro, la situación económica o la clase política. Es una clave que hace que ese peso del silencio se mantenga constante, desde el momento en que el nivel de prioridad que este tema ocupa en las mentes, y por lo tanto en la conversación pública de nuestra sociedad, sea uno de los menos relevantes. Así pues, es imprescindible que los temas vinculados a la memoria y a la reconciliación pasen a formar parte de forma prioritaria de la agenda pública. Generando espacios, pero también posibilitando conversaciones francas y sinceras en los espacios naturales, en las cuadrillas, en los barrios, en las aulas. Esto ayudará a que las personas jóvenes también puedan contribuir desde su visión a conocer, pero también a completar, los cimientos necesarios para edificar el presente y construir el futuro. Deshacernos del peso del silencio es necesario para recuperar de forma plena nuestra conversación pública, elemento central en cualquier una sociedad libre, abierta y democrática.

 

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