Rey de corazones

ELENA MORENO SCHEREDRE

Estábamos en un curso de verano. El organizador había trufado géneros literarios y periodísticos con la intención de que el evento fuera sonado. La inconsciencia también me había llevado a mí a mezclar lejía y amoniaco un día que quise blanquear un inodoro. Al periodista del corazón se le hinchó la vena del cuello argumentando en torno a la verdad de su verdad y al derecho de airearla como un calcetín maloliente. Manejaba el adjetivo 'presunto', alternándolo con el adverbio 'presuntamente', como si fuera un abanico para los sofocos estivales.

El sesudo asesor, experto en comunicación política, citaba a Schopenhauer en un tono monocorde sin que se le moviera un pelo. Me removí incómoda en mi asiento como si hubiera viajado en un destartalado taxi en lugar de un VTC eléctrico, con olor a pino y chófer educado. Flotaba en el ambiente esa fea costumbre de creer que la razón siempre se sienta en el mismo sitio, porque hay una reserva de plaza que nadie sabe quién o porqué se asignó.

El mediador intuyó que la filosofía iba a desencadenar la tormenta y depositó unas frases manidas y vacuas: «Hay que separar la vida privada de la profesional». Pero el asediado colaborador de un conocido programa de televisión cocinaba en ese momento una salsa untuosa a base de jugosos ingredientes; amantes, escuchas, monarquías, silencios gubernamentales y fechas determinantes para la historia de España. Respiré profundamente e introduje en mi boca un caramelo de menta para tragar el sapo. En ese momento quien se removió incómodo a mi lado fue un comunicador político. Le conocía por cubrir fielmente las campañas de los candidatos de un determinado partido; le habían ascendido en las últimas semanas y no salía de Moncloa. Le miré a los ojos; se le transparentaban las cifras de las encuestas que publicaban la intención de voto. En la mesa, el cronista rosa no estaba dispuesto a soltar el solomillo que retenía entre sus fauces: «nosotros también informamos». Sonreí.

El asesor carraspeó, levantó la mano mostrando un reloj carísimo y la azafata le proporcionó el micrófono. Me vino a la cabeza el episodio de mi limpieza de baño. Recordé cómo subieron los gases letales que me dejaron fuera de combate por subestimar mis conocimientos químicos, y cómo se me fue yendo el sentido escobilla en mano. El asesor invocó el bien común, la reflexión y las bases de la democracia. El público algo aturdido se mantuvo unos segundos en silencio. El moderador, sonriendo, dijo aquello de «ha pasado un ángel», e hizo un panegírico sobre lo esclarecedor del diálogo y lo poco útil que resultaba el enfrentamiento.

Ese mismo día las chicas de Mar y Vent abrieron los telediarios con un paseo por el mercado. Lo relevante era que la emérita llevaba un ventilador de los que venden los manteros; los que no existen, ni tienen papeles, pero pertenecen a un sindicato.

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