Control y regulación

La vigilancia de la Ertzaintza en colegios e institutos recuerda que no hay que bajar la guardia contra las drogas y que el Gobierno Vasco ha de ser cuidadoso con la reglamentación de los clubes de cannabis

El consumo de drogas debe seguir constituyendo una preocupación prioritaria para el entramado social y sanitario, con una atención especial para los jóvenes que se adentran en un mundo en el que el pretendido autocontrol se ve desbordado con demasiada frecuencia por lo contrario: son los estupefacientes los que pasan a adueñarse de la propia vida, con adicciones que pueden acabar resultando letales. La paulatina 'sofisticación' de la drogadicción, alejada de las imágenes más impactantes y disuasorias que menudeaban en las calles de Euskadi décadas atrás, no puede derivar ni en una visión condescendiente de los riesgos que entraña el consumo de sustancias nocivas ni en tolerancia hacia el mismo. El hecho de que uno de cada tres menores vascos de entre 14 y 18 años haya probado el cannabis, que la edad en la que se empieza a coquetear con las drogas sea cada vez más temprana, que la Ertzaintza haya tenido que reforzar la vigilancia en los centros educativos y que cultivos como el de la marihuana se estén convirtiendo en negocios a gran escala, como indican las recientes incautaciones, son factores que invitan a no bajar la guardia. A no bajarla en la vigilancia de los consumos -lo que implica restringir los márgenes del tráfico- y tampoco en la concienciación sobre el potencial destructivo que ejercen las drogas. Esta última exigencia obliga a los poderes públicos, y en nuestro caso al Gobierno Vasco, a legislar con celo y cuidado sobre los 180 clubes de cannabis que se contabilizan en Euskadi. Es razonable que las instituciones saquen del limbo y regulen esta singular modalidad de asociacionismo, siempre que se ciñan a los requerimientos del Tribunal Constitucional según los cuales «las entidades consumidoras de cannabis» tienen con objetivo cooperar con la administración sanitaria con una vocación pedagógica y a fin de tratar de aminorar los peligros de los estupefacientes. Pero es preciso encontrar un equilibrio virtuoso que evite que la pátina de legalidad de los clubes de cannabis se malinterprete como una comprensión hacia unos hábitos que lo mejor sería, en el extremo de lo deseable, que no cundieran. Porque fumarse un porro no es inocuo y convertirlo en costumbre puede comportar daños irreversibles. Baste constatar que las terapias por adicción al cannabis se han igualado ya a las que tratan el enganche a la cocaína.