Chernobyl

AMAIA ORTEGASan Sebastián

Estoy en la cocina esperando a que la comida se enfríe y miro el móvil. Los baners se acumulan. Uno anuncia la serie sobre Chernobyl y pienso que algún día la tengo que ver. Quizá cuando acabe el libro Voces de Chernobyl de Svetlana Alexiévich. Uno de los correos es de una conocida web con un ranking sobre las mejores excursiones de día, en el puesto número 8: excursión desde Kiev a Chernobyl «tour de la radiación». Hago una captura de pantalla y se la mando a mi marido al trabajo. Llamo a los niños y nos sentamos a comer. Pienso en lo afortunados que somos. Hoy hay vainas para comer y no a todos les gusta por igual, pero yo insisto, la verdura es muy buena. Uno me tuerce el morro y yo para animarle le digo que si se come todo le daré un trozo gigante de sandía de postre. Se ha puesto contento y vuelve a comer, pero al rato me pregunta si hoy hay helado y le digo que no, que tiene demasiado azúcar. Uno de mis hijos se queja, él también quiere un trozo de sandía. Dany vuelve a insistir en que no le gustan mucho las vainas y yo le vuelvo a decir que son muy sanas y que a él le van a venir muy bien para crecer y que Asier es un año menor y es más alto que él. ¡Uy! le he dado donde le duele. Me mira enfadado, pero sigue comiendo y recuerdo que no conocía las vainas ni los melocotones ni los paraguayos ni las lentejas ni tantas otras cosas. En su casa come mucha sopa y patatas. Y azúcar. Sobre todo azúcar. Es barato. Así tiene la boca. Me llama mi marido escandalizado; ha visto mi mensaje. 100 euros es lo que cobran al mes. Ellos intentando salir y la gente pagando por ir, nada más y nada menos que lo que sus padres cobran al mes. Yo escucho y asiento, los niños están delante y creo que se escucha gritar. Finalmente se calma y me pregunta que dónde estaremos cuando él salga de trabajar. En la playa respondo. Danylo se pone contento, como cuando vio el mar por primera vez y me preguntó si se podía bañar y le dije que todo lo que quisiera. Danylo hondartza bai! me dice aplaudiendo en su euskera aprendido en estos 12 días con nosotros. Y se le ha olvidado el helado y las vainas y que en su casa hay muy poco para comer y que en Prybirsk, en la frontera de la zona de exclusión de Chernobyl, no hay mar ni piscina ni industria ni casi nada. Pero lo que no sabe es que hay «tours de la radiación» y que ahora son más famosos que nunca gracias a una serie de televisión, pero que las modas pasan y los problemas se quedan.