De caza, sin apasionamiento

De caza, sin apasionamiento
FOTOLIA
MARIO SÁENZ DE BURUAGABIÓLOGO

Hoy se inicia la temporada de caza en gran parte de España. Se trata del periodo conocido como media veda, en el que son dos especies de aves migradoras las que protagonizan los lances estivales, codorniz y tórtola. En primavera, estas aves atraviesan el desierto del Sahara para reproducirse en Europa, sobre todo en la península ibérica. Será al final del verano cuando inicien el viaje de vuelta, otra vez con el arrojo de franquear la extensión de arena más grande del mundo y pasar así el invierno en latitudes africanas. En los últimos dos años, la caza está siendo diana de un ataque incisivo por una parte de la sociedad que considera que debe ser abolida. Los animalistas y el ecologismo más dogmático recorren esta opinión con legitimidad, cómo no, y recientemente lo hacen con euforia añadida al haber obtenido sentencias favorables en cuestiones que han decidido judicializar. No se trata de abrir por enésima vez el melón sobre caza sí-caza no, aunque a la legitimidad antes referida añadamos en justicia la que les asiste también a los cazadores para cazar mientras cumplan los requisitos legales.

Se trata de respetar la regla número uno de la tolerancia, de tan obvia, obviada a menudo: respetar opiniones distintas a las que uno mantiene. Cerremos este cabo del ovillo con dos premisas que, a mi juicio, debieran tenerse siempre presentes en el referido debate: ni la caza es, en la inmensa mayoría de los casos, un problema para la conservación de las especies que se cazan, ni éstas necesitan de la caza para conservar ni mantener su estatus demográfico. Decir lo contrario sobre ambas consideraciones responde, en el primer caso, a un planteamiento tendencioso y carente de respaldo científico alguno, y en el segundo a una justificación de la actividad que tampoco encuentra aval en la ciencia. Se esté o no a favor de la caza, la discusión debiera transcurrir por el rigor en los expositivos.

Dicho ello, y con los riesgos de perder los matices, resumamos el panorama cinegético: a la caza mayor le van bien las cosas numéricamente, muy bien podríamos decir, y a la caza menor sedentaria le van mal, hay años que muy mal. Es decir, actualmente hay más jabalíes, corzos, ciervos, rebecos, cabras monteses... que en los últimos 200 o 300 años. Por su parte, perdices, conejos y liebres tienen un diagnóstico pobre en general. Es aquí, en caza menor, donde esos detalles toman especial cuerpo ya que su dinámica poblacional puede ser oscilatoria: por ejemplo, el conejo puede estar un año poco menos que extinguido en un lugar por las patologías sufridas, y al siguiente ser considerado plaga. Pero cierto es que la situación de la menor no es la deseable desde hace ya muchos años. ¿Debido a la caza? Pues no. Y la bonanza de la mayor ¿es por los cazadores? Pues tampoco. Es la caza, son las características del medio las que determinan que haya una fauna que encuentre confort y otra incomodidad.

La creciente masa forestal y el enorme éxodo rural desde los pueblos a las ciudades, con el consecuente abandono del uso del monte, han diseñado en los últimos cuarenta años un hábitat idóneo para los ungulados, la caza mayor. Por el contrario, la agricultura intensiva, la dependencia de fertilizantes y pesticidas, la pérdida de la trama en mosaico en los terrenos... han determinado una homogeneidad paisajística que no amiga con perdices y otras especies, empezando por los insectos y otros invertebrados.

En este resumen no hemos nombrado a las aves migrantes. En otoño arriban a España y Portugal las que crían en el norte de Europa, la paloma torcaz, la becada y los zorzales (cuatro especies), todas en situación demográfica estable. Pero como decíamos, las que llegan ahora son dos migrantes cuya dirección de viaje es la contraria a la que hacen las norteñas. Y aquí sin duda la cosa se complica más por cuanto codornices y tórtolas dependen, desde luego la primera nítidamente, de un acoplamiento a la agricultura que hoy se ha roto. La cosecha del cereal se ha adelantado un mes respecto a fechas de hace tres décadas; la paja no solo no se deja en el suelo, donde crían y se refugian estas aves, sino que se enfarda al día siguiente de pasar la cosechadora, y se retira por los camiones, dejando el terreno totalmente despejado. El rastrojo es un recuerdo. Vértigo da pensar cuántas polladas de codornices quedarán aprisionadas en las bolas de paja.

Pero si en algo debo dar la razón a los cazadores es cuando dicen que es sobre ellos sobre quien se pone exclusivamente la lupa cuando se decide que «algo hay que hacer». Sin duda, el tiro es el que mete ruido aunque sean otras las causas de las muertes masivas pero, eso sí, silenciosas. Y así, por ejemplo, hace solo unas semanas Europa ha enviado carta de emplazamiento a España para que explique por qué no ha decidido la moratoria para la caza de la tórtola. Si no hay explicación que Bruselas considere satisfactoria, lo siguiente será la apertura de expediente sancionador. Pues bien, creo que la tórtola exige una moratoria de caza si no en toda, sí en buena parte de España. Pero ¿hay previstas más medidas?, ¿alguien pondrá el cascabel a los otros gatos?, ¿se articularán iniciativas dentro de los convenios internacionales para la corresponsabilidad en la gestión de aves que completan su ciclo biológico en países distintos? Me temo que no, que eso da mucha pereza.