Dos caras de la eficacia

En el Lejano Oriente prima la virtud del estratega por encima de la del ingeniero

JUAN AGUIRRE

Hasta el siglo XIV, China y Europa experimentaron un desarrollo técnico comparable, o acaso superior en el meridiano oriental si consideramos invenciones tan trascendentales como la pólvora, el papel, la imprenta de tipos móviles, la brújula o la navegación en juncos. Pero entre los siglos XV y XVI, con la Revolución científica de Galileo o Newton, se produjo un desfase radical a favor de nuestra civilización. Aquel primer 'gran salto adelante' se fundamentó en una concepción del Universo como mecanismo que funciona mediante leyes cuantificables. Con ello nacía la física clásica que en poco tiempo cambió la faz del planeta.

Pero esa idea de la naturaleza como artefacto mecánico, con lo que implica de regla, de regularidad y por ende de modelización, resulta totalmente ajena al pensamiento clásico chino. Su noción de la eficacia no se basa en la intervención directa, en la acción teórico-práctica, sino en el acondicionamiento discreto a la realidad para su transformación. Prima en el Lejano Oriente la virtud del estratega por encima de la del ingeniero: evaluar correctamente cada situación para favorecer su evolución espontánea, su crecimiento en la dirección deseada. De ahí la posición del no-actuar oriental (que equivocadamente a veces se confunde aquí con pasividad): «No hacer nada, pero que nada deje de hacerse».

Quien mejor ha estudiado estos dos paradigmas de pensamiento es François Jullien, filósofo y sinólogo francés que habló esta semana en Tabakalera. No era su afán convencernos de las delicias orientales sino enriquecer nuestra experiencia intelectual desplegando algunas categorías prevalentes en China e impensadas por los europeos: la transición, la fluidez, la tensión no violenta del dragón, el sinsabor como umbral de todos los sabores, la cultura cambiante frente a la identidad estática... Porque, dice, no hay Otro sino otra parte donde circulan modos distintos de ver el paisaje ('shanshui' en chino, literalmente 'montaña y agua'), de pintar el cuerpo humano, de afrontar las dificultades o de narrar aventuras sin heroísmo. Y que conviene considerar como disponibilidades culturales que ofrece aquella civilización.

Pues puede que ese modelo de eficiencia que se declina en la transformación lenta, en la maduración de las condiciones, en surfear sobre las aguas del instante, nos parezca exótico e inapto para el acelerado mundo actual. Mas no descartemos que acabe siendo recurso de utilidad una vez que abandone su arrogancia ese hombre hipereficaz al que Keynes retrató una vez como alguien «capaz de apagar el Sol y las estrellas solo porque no dan dividendos».

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