Una campaña a medio gas

ALBERTO PÉREZ ARLUCEA

No he visto una campaña electoral tan rara y tan a medio gas hace tiempo. El hecho de que las elecciones municipales y forales coincidan con las europeas y, a la vez, sigan aún bajo la acentuada estela de las generales le da un toque bastante atípico y un tanto extraño. ¿Es realmente una segunda vuelta la cita del 26 de mayo? Pues en parte sí, lo que va en demérito de tantos candidatos locales y del derecho de los vecinos a debatir sobre los temas que realmente les resultan más cercanos y próximos. Quizá convenga pensar en la necesidad de que las elecciones municipales en el futuro no se vean distorsionadas por otros comicios de índole general que trastocan las discusiones y dispersan los análisis y la búsqueda de terapias acertadas. Importa que el debate ponga el foco en lo que está en juego en los próximos años, no convertir las urnas en un plebiscito para ratificar o no la mayoría surgida de las urnas el pasado 28 de abril o en un referéndum sobre el futuro del proyecto europeo, como si fuera una noria permanente de titulares recurrentes y repetitivos, sin aportar ni programas ni soluciones a la ciudadanía y confundiendo a los electores. Se trata de dignificar la democracia más cercana, de recuperar el valor profundo que tienen los ayuntamientos democráticos, de reivindicar con energía el papel de miles de candidatos honestos que tienen realmente vocación de servicio público y deben combatir las 24 horas del día, y muchas veces bastante solos, esa ola de desprestigio de la política que casi todo lo inunda.