El buen vasco

LUIS HARANBURU ALTUNA

He de reconocer que no soy un buen vasco a pesar de que los hados decidieran que naciera en un pueblo del Goierri, tuviera apellidos vascos y que el euskera fuera mi lengua materna. Estoy empadronado en San Sebastián y pago mis impuestos, pero me falta lo esencial para ser un buen vasco, al no compartir el credo abertzale. Lo he de reconocer con resignación tal como nos lo recuerda Joseba Egibar. Mi nombre figura en el pelotón de quienes hemos firmado el manifiesto federalista que no le ha gustado. A las razones del manifiesto ha dicho que «es una opción que los españoles federalistas hacen para el País Vasco». Lo ha desautorizando diciendo que sus firmantes son españoles. En la jerga nacionalista decir español equivale a decir maketo, extranjero o simplemente mal vasco. O sea, los firmantes del dichoso manifiesto son, simplemente, 'malos vascos' o no lo son en absoluto.

Belén Altuna publicó en 2003 un libro -'Euskaldun Fededun'- con un estudio del siglo XIX que describía las características que el buen vasco. Debía ser creyente, pero de una manera integrista y militante. Debía ser dócil con el amo y defender las instituciones aunque estas lesionaran su libertad o sus intereses. Debía ser más papista que el Papa y luchar fervientemente contra el cáncer liberal e ilustrado. El libro tiene especial interés por el análisis de los textos de los misioneros, muchos jesuitas y franciscanos, que recorrían los territorios vascos anunciando la buena nueva de la fe integrista. Los clérigos vascos habían tomado en los siglos XVIII y XIX el relevo de los tratadistas y se convirtieron en ardorosos defensores de mitos como la nobleza universal, el origen divino del euskera o la pureza de la sangre de los vascos. Sabino Arana se limitó a articular políticamente el rico caudal supremacista e integrista de estos misioneros vascos. Desde Arana ser buen vasco significa ser un buen nacionalista. Los nacionalistas relevaron a los clérigos en su afán de proclamar la correcta vasquidad.

El nacionalismo vasco jamás renunció a fijar el canon de la vasquidad y se cree con la autoridad indiscutible e infusa de declarar quien es vasco y quien no. Solo a los dioses y reyes pertenecía la facultad de nombrar, pero ahora se lo arrogan los abertzales. Por eso han decidido la aberración democrática de diferenciar entre ciudadanos que simplemente viven en Euskadi y los ciudadanos que son nacionales. Es lógico y congruente que Egibar desdeñe a los firmantes del manifiesto llamándolos españoles, por no tener estos la condición de abertzales o nacionales vascos. Todo esto pudiera parecer cómico pero estas disquisiciones afectan a la vida de cientos de miles de vascos que por su distinta percepción identitaria no se reconocen en el canon de jeltzales y abertzales. Supone la exclusión política de gran parte de la ciudadanía vasca.

El nacionalismo, que tiene poco más un siglo, es hoy políticamente hegemónico, pero ello no significa que lo vasco se reduzca a lo abertzale. Si el País Vasco es todavía una potencia industrial, económica y cultural, lo es a pesar del nacionalismo. El nacionalismo ha parasitado el pasado y presente de los vascos e incluso, por arte y gracia de ETA, el País Vasco se vio sometido a una terrible crisis de laque aún se resiente. Está por evaluarse el coste económico y humano que supuso el terrorismo nacionalista vasco, así como el lucro cesante que su actividad provocó. La apropiación de lo vasco por parte del nacionalismo es, además de injusto y fraudulento, una gran falacia histórica. No es un fatal destino el que para ser un buen vasco se haya de ser nacionalista. Desconozco el recorrido que vayan a tener las ideas federalistas, pero estoy seguro que si el nacionalismo persiste en su ideología xenófoba y supremacista, que despunta en el preámbulo del nuevo Estatuto, llevará a los vascos a un callejón sin salida tal como sus admirados y envidiados Puigdemont, Torra y Junqueras han llevado a los catalanes. Soy escéptico sobre el éxito del federalismo en esos pagos, ya que el federalismo requiere de la virtud humana y política de la lealtad y es cosa sabida que los nacionalismos solo son leales a su obsesivo 'yo'.

 

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