La batalla del relato

La solución al conflicto de Catalunya está más lejos que hace un año porque la sociedad catalana está más fragmentada que nunca. La prioridad debe ser buscar una salida e impedir el drama

JOAN COSCUBIELAExparlamentario de Catalunya Sí que es Pot. Autor de 'Empantanados'

Aprendimos del maestro Josep Fontana la importancia de interpretar bien la historia para entender el presente. También nos enseñó cuán importante es la mirada -qué y cómo se observa- en la batalla por la hegemonía de las ideas. La mejor prueba de ello es comprobar como el 'conflicto catalán' tiene en estos momentos su epicentro en la batalla por el relato. Basta ver la diferente mirada que cada uno tiene de los hechos de hace ahora un año.

Desde la derecha española se pretende pasar por alto sobre las consecuencias que ha tenido utilizar, incluso alimentar, este conflicto como recaudador de votos en España, minimizar el problema apostando por el paso del tiempo como única estrategia, renunciar durante cinco años a tener ninguna iniciativa políticas y delegar todas las responsabilidades en los tribunales de Justicia. El independentismo ha sido durante años un claro ganador del relato en Catalunya y también fuera de España. Por la habilidad con la que presentó su propuesta como una cuestión de democracia -de demócratas frente a no demócratas-, por la hiperactividad en el exterior, especialmente Europa, frente a la pasividad del Gobierno Rajoy. Y por el éxito de unas movilizaciones que en su diseño, formas y participación mayoritaria consiguieron muchas simpatías y un amplio reconocimiento.

Pero esta autoridad ganada por el independentismo, que se presentaba como un movimiento de regeneración democrática que enlazaba con las grandes luchas de emancipación, como la igual racial o el derecho a voto de las mujeres, se fue al traste en el pleno del Parlament de los días 6 y 7 de septiembre de 2017.

El capital político que el independentismo había conseguido durante años lo malbarató el procesismo con su estrategia de independencia unilateral exprés i 'low cost', a cualquier precio y de cualquier manera. La vulneración simultánea de la Constitución, el Estatuto de Autonomía y el Reglamento de la Cámara, el ninguneo de las instituciones propias, como el Consejo de Garantías Estatutarias y el propio Parlament, la negación sistemática de los derechos del resto de grupos constituye uno de los momentos más tristes de la historia reciente de Catalunya.

El independentismo lo sabe y por eso ha intentado borrar esos días de la memoria de la ciudadanía. De manera que su relato comienza el 1 de octubre, al que califican de referéndum de autodeterminación, del que dicen emana un mandato democrático para construir una República Catalana. Como si el 1-O hubiera sido un referéndum convocado con garantías y capacidad de vincular a la sociedad.

Al Partido Popular le gustaría borrar de la memoria las imágenes del 1 de octubre. Ese día, tras el ridículo de no encontrar las urnas y de perder la batalla política - con una participación masiva en los colegios- el Gobierno Rajoy perdió la batalla del relato en todo el mundo con las imágenes de la desmesurada y torpe actuación policial.

Si importante es la pugna por el relato, mucho más lo es al servicio de qué se pone esa batalla. De momento continúa estando al servicio de las estrategias 'frentistas' y no de la salida del conflicto. Cuando el PP, Ciudadanos y sus voceros califican el 6 y 7 de septiembre de golpe de estado, además de abusar del lenguaje y deteriorar la democracia, lo que hacen es armarse de argumentos para justificar una estrategia de castigo legal que en ocasiones parece estar más guiada por la venganza que por la justicia.

Lo mismo hace el independentismo cuando califica a sus dirigentes -cuyo encarcelamiento he considerado injustificado desde el primer día- como presos políticos. Y en esa competición sin freno por el abuso del lenguaje y la degradación de la cultura democrática se califica a España de dictadura. Lejos de defender la democracia o solidarizarse con los encarcelados, estas actitudes clónicas se ponen al servicio de la radicalización del conflicto. Confirmando una vez más que, cuando las contiendas políticas giran sobre factores identitarios, lejos de buscar la moderación y el acuerdo tienden a la polarización y la radicalización.

La solución al conflicto del encaje de Catalunya esta más lejos que hace un año, porque la sociedad catalana esta más fracturada que nunca. Por eso, ante la dificultad de encontrar una solución, la prioridad debería ser buscar una salida para impedir que termine en un drama. Comenzando por construir un mínimo relato compartido, que nos permita pactar el desacuerdo, mientras no somos capaces de encontrar una solución. En este contexto me permito sugerir algunos elementos mínimos para componer este relato compartido.

Comenzando por aceptar que estamos ante un conflicto político que solo tiene solución política y no judicial, como se encargó de recordarnos el anterior presidente del Tribunal Constitucional en su mensaje de despedida. o hay ningún conflicto en que una parte tenga toda la razón y la otra ninguna. No debería olvidarse. La salida necesita alejarse de la lógica de vencedores y vencidos. Mientras hayan personas encarceladas la salida va a ser imposible. Su libertad no es garantía de nada pero es condición imprescindible.

Dar una nueva oportunidad a la política requiere que no sean los tribunales los que marquen la agenda del conflicto y ello puede hacerse respetando la independencia del poder judicial. En algún momento la sociedad catalana deberá votar - entre otras cosas porque el actual Estatut no ha sido votado por la ciudadanía. Este acto democrático no debe hacernos olvidar que democracia no es solo votar, es también deliberar y acordar.

No hay salida desde la imposición unilateral. Y lo es que la mitad de la sociedad catalana quiera imponer la independencia a la otra mitad o que esta imponga el inmovilismo a quienes defienden la independencia. Y lo mismo puede decirse de la relación entre ciudadanía catalana y española. Quienes nos negamos a aceptar la lógica del relato frentista necesitamos trabajar para que ese relato compartido sea viable.

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