Banderas de choque

La previsible elección de Torra y el auge de Ciudadanos asientan un bucle de feroz confrontación identitaria que vuelve a dejar fuera de juego al eje derecha-izquierda

Alberto Surio
ALBERTO SURIO

La previsible elección de Quim Torra, un independentista recalcitrante de tomo y lomo, como nuevo president de la Generalitat completa el inquietante cuadro político de esta primavera. Carles Puigdemont, como si fuera Carlos VII, el pretendiente carlista al Trono que marchó al exilio después de sublevarse y ser derrotado, dirige en la sombra y desde su agravio en Berlín la puesta en marcha de un nuevo Govern independentista que se ocupe de las cosas del 'interior', llegando al extremo de prohibir a su sucesor que utilice su despacho oficial. Nunca un proyecto 'republicano' había exhibido semejante escenografía monárquica. Además de unos tuits de tono xenófobo, por los que se ha disculpado, el probable president dijo en 2015 que «fuera del hecho nacional no hay vida». Este independentismo exaltado, que busca un «nuevo proceso constituyente» para Cataluña, le viene como anillo al dedo al españolismo de nuevo cuño de Albert Rivera. Un bucle político perverso que se retroalimenta.

Cataluña intenta deshacer el nudo, pero la inercia de la ruptura, la desobediencia y el desafío al Estado sigue pesando más que la dinámica de la rectificación. Mientras tanto, el paisaje político español refleja un trazo de clara contrarreforma. El último sondeo del CIS marca tendencias. Por un lado, la incapacidad de las izquierdas para erigirse como una alternativa mayoritaria a pesar del desplome del PP, que parece un fenómeno en caída libre, aunque Rajoy es una caja de sorpresas. La aparición de una tercera vía 'liberal' -Ciudadanos- con una fachada de cambio generacional, representa una opción de salida cómoda a una parte del electorado de centro-derecha cansado con el PP y al que el nacionalismo españolista de Rivera parece seducir con un mensaje simplón y aparente.

El modelo bipartidista es posible que no vuelva y que se imponga un esquema cuatripartito (PP-Ciudadanos-PSOE y Podemos), que obligue a nuevas alianzas, como en el norte de Europa. Pero la bipolarización derecha-izquierda sigue existiendo como lo demuestra la oposición de C's a respaldar una moción de censura que saque al PP del Gobierno de Madrid.

El CIS revela también otras tendencias, además de confirmar hasta qué punto el declive del PP lo aprovecha el tacticismo de Ciudadanos y hasta dónde este partido rentabiliza, también, la incapacidad del PSOE para encarnar un proyecto ilusionante y alternativo a semejante desgaste. Con este viento a favor, los socialistas no consiguen despegar. Su expectativa era que el liderazgo de Pedro Sánchez revalidado por su militancia reactivaría la vuelta de su electorado perdido con un mensaje centrado en la izquierda. No lo están logrando, según los sondeos, o bien porque siguen careciendo de suficiente credibilidad o por la falta de tirón de su líder. O por las dos cosas a la vez. Lo que pueden recuperar en ese terreno lo pierden por el flanco más centrista hacia Ciudadanos. Siguen con un problema estructural en las clases medias, en las ciudades y entre los jóvenes. La izquierda socialdemócrata necesita mirarse este déficit, aunque su conflicto de identidad, reavivado tras la última crisis económica, no es un fenómeno exclusivo de España ni mucho menos. Tampoco Podemos debe cantar victoria. Conserva el grueso de su voto, pero su suma con el PSOE no es suficiente para una alternativa. Y sin esa aritmética el cambio es imposible.

La segunda derivada del CIS es la creciente desafección hacia el modelo autonómico, una verdadera 'contrarrevolución' en ciernes. Que crezca el apoyo a un rearme del Estado centralista es una consecuencia emocional del brutal tensionamiento provocado por la polarización independentista de Cataluña. Es triste que los defensores de la España plurinacional tengan que volver a los cuarteles de invierno. Pero conviene hacer política con los pies en el suelo, no mirando a la luna. Con ese trasfondo jacobino, reabrir ahora el debate sobre la actualización de los derechos históricos en la Constitución como fuente de legitimidad del derecho a decidir, o a codecidir, puede ser un magnífico debate intelectual, pero a la vez una gran torpeza estratégica destinada al fracaso si buscamos garantías para renovar el pacto del autogobierno. No hace falta ser Montesquieu para percibir que el peligro de forzar ritmos y tempos es que se frustren prematuramente ciertas oportunidades.

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