Azaña, 'el amigo' de Cataluña

Invocar al político alcalaíno se ha convertido en una coartada, un passe-partout, que sirve para realzar el propio ideario

Azaña, 'el amigo' de Cataluña
VÍCTOR HERRÁN

La historia como disciplina académica vive un momento delicado. La instrumentalización de la memoria histórica reciente y de la vieja memoria de mitos fundacionales y tópicos de toda procedencia evidencian este descrédito. Peor aún es el desconocimiento que tiene de ese pasado nuestra clase política. Parece que esta última ha descubierto las ventajas de la manipulación histórica, como ya advirtiera en su día la historiadora Margaret Mac Millan: «El pasado puede usarse para casi cualquier cosa que uno quiera hacer en el presente». Ejemplos de esto último tenemos muchos y muy cercanos. No hay que irse muy lejos en el tiempo (tan solo hace dos años) ni en el espacio (el Congreso de Diputados) para encontrar uno de ellos. Fue en el debate de investidura que aupó a Rajoy a la presidencia. El portavoz de En Comú Podem, Xavier Doménech, echó un cuarto a espadas a la polémica sobre Azaña y la 'cuestión catalana' al citar varios textos del líder republicano favorables a una hipotética secesión decidida por los catalanes. Si lo traigo a colación es por un doble motivo: por un lado, para advertir de esa utilización de la historia al servicio de la ideología. Por otro, me interesa destacar la desmemoria selectiva que manifiesta el político catalán. Como esto último es una práctica muy habitual entre nuestros políticos, me gustaría rescatar la figura de Azaña, al objeto de esclarecer cuánto hay de verdad en eso que se dice desde la tribuna de oradores.

Invocar al político alcalaíno se ha convertido en una coartada, un passe-partout, que sirve para realzar el propio ideario. La instrumentalización partidista de su figura comenzó con Tierno Galván, continuó con Suárez, se coló en la campaña electoral del partido socialista de 1982 y fue rescatada por Aznar. El último intento de apropiarse del legado azañista se produjo en el citado debate. Catalanófobo para unos, el 'amigo de Cataluña' para otros, un análisis riguroso de su figura nos puede dar las claves para entender por qué partidos de diferente ideología reclaman para sí su ideario, y arrojar algo de luz sobre el actual pleito catalán. La relación de Azaña con Cataluña se inició en 1930 con un discurso en el que se mostraba favorable a reconocer una posible independencia: «Si algún día dominara en Cataluña otra voluntad y resolviera remar ella sola en su navío, sería justo el permitirlo y nuestro deber consistiría en dejaros en paz, con el menor perjuicio para unos y otros, y desearos buena suerte, hasta que cicatrizada la herida, pudiéramos establecer al menos relaciones de buenos vecinos».

Aún más claro fue en su alocución de 17 de julio de 1931: «Nuestro lema, 'amigos y correligionarios', no puede ser más que el de la libertad para todos los hispánicos; y si alguno no quiere estar en el solar común, que no esté». En 1932, durante la discusión del Estatuto, llega a decir: «Cataluña dice, los catalanes dicen: 'Queremos vivir de otra manera dentro del Estado español'. La pretensión es legítima. Este es el problema y no otro alguno. Se me dirá que el problema es difícil. ¡Ah¡, yo no sé si es difícil o fácil, eso no lo sé; pero nuestro deber es resolverlo, sea difícil, sea fácil… Hay, pues, que resolverlo dentro de los cauces políticos».

Es a este Azaña al que alude Doménech. Pero Azaña evolucionó con mucha claridad hacia una posición muy distinta tras declarar Companys el Estado catalán. En el 'Cuaderno de la Pobleta' anota que transmite a Negrín una sola consigna explícita: recuperar los poderes que reservan al Estado la Constitución y las leyes, poniendo coto a los 'excesos y desmanes' de los órganos autonómicos catalanes.

Azaña se pregunta por qué no reaccionan públicamente ante estos muchos catalanes: «La opinión pública catalana, que está harta de abusos, de locuras y traiciones, no se manifiesta porque la aterrorizan... Todo este sistema ha sido destruido. No puede admitirse que la autonomía se convierta en un despotismo personal, ejercido nominalmente por Companys y, en realidad, por grupos irresponsables que se sirven de él». Afirma haber asistido, en Cataluña, «estupefacto, al desarrollo de la más desatinada aventura que se puede imaginar... No se han privado de ninguna trasgresión, de ninguna invasión de funciones». Y, como ejemplo de las «extralimitaciones y abusos de la Generalidad, que no caben ni en el federalismo más amplio», señala la creación de «delegaciones de la Generalidad en el extranjero».

Todavía hace una última apelación a la responsabilidad de los políticos catalanes: «La salvación y el prestigio de la autonomía depende de ustedes. No ha sido ni el Estado ni los 'centralistas' quienes los han comprometido». Ya en el exilio, concluye: «Nuestro pueblo está condenado a que, con monarquía o con república, en paz o en guerra, bajo un régimen unitario o bajo un régimen autonómico, la cuestión catalana perdure, como un manantial de perturbaciones, de discordias apasionadas, de injusticias…».

Un año antes, en 1938, advertía del peligro de repetir errores pasados: «Cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que les hierva la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelva a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de la destrucción, que piensen en los muertos y escuchen su lección…». Hoy, 80 años después, su lección no ha sido escuchada. En un momento en que parece que, con el empuje de movimientos populistas, todo se lleva a los extremos, las reflexiones y visión argumentada de Azaña es algo que se echa de menos.

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