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Ángeles del cielo

Un bebé olvidado es la consagración de la muerte por su fragilidad

JAVIER SABADELL
JAVIER SABADELL

Un hombre olvidó a su bebé en el coche durante horas. Sucedió recientemente en Madrid. Pero también en Mallorca. Y en Florida. Que los bebés fallezcan por descuidos irrazonables (no por abandono premeditado) de sus progenitores o abuelos es un horror frecuente en el mundo actual. Unos lo califican de homicidio imprudente. Otros, entre los que me incluyo, de accidente espeluznante porque, ¿acaso puede existir voluntariedad en arrebatar la existencia de una vida inocente y pura a la que se amaba (y se seguirá amando) de forma sobrenatural?

Alguien ha cifrado este tipo de sucesos por centenas al cabo del año, pasando con más frecuencia desde que las normas impusieron que los niños fuesen en la parte trasera de los coches. Los expertos hablan de descuido, no sin cierta frialdad, porque el cuidado de un bebé, por mucho amor que se le profese, es una cuestión de rutina para el córtex cerebral que puede verse alterada con una llamada del trabajo, en este tiempo de trabajos alienantes y opresivos donde todo son urgencias a resolver para ayer. Basta esa maldita llamada para alejar de las prioridades al bebé tan querido. Y un rorro no son las llaves del coche. No es el libro olvidado en casa. No es el avión que despega sin nosotros. Un bebé olvidado es la consagración de la muerte por su fragilidad.

¿Castigo? ¿De verdad se puede juzgar a un hombre o una mujer masacrados por la pena, con toda la estructura moral destruida y en feroz descomposición? ¿Existe mayor condena que el lamento larvado e inconsolable de alguien cuya responsabilidad por la pérdida de un chiquitín al que, hasta ese instante de amargura infinita y malignidad inefable, ha querido como no hay parangón en el mundo, ha de empobrecer lo que le reste de vida?

En Florida las autoridades han adoptado medidas para impedir que estos casos terribles se repitan. Pero permítanme que disienta: estos horrores por despiste u olvido solo revelan la profunda alienación de una sociedad que ha sacralizado horarios y responsabilidades en detrimento de un concepto ancestral como es la familia, aunque decirlo así suene retrógrado o a religiosidad trasnochada. Ningún lector pensará que tal despeluzamiento pueda sucederle a él. Como tampoco lo pensaba el pobre diablo que abandonó a su bebé en el coche por creer que la había dejado en la guardería. Vivir con esa losa ha de ser terrible. El angelito irá al cielo, pero su alma se la llevará el diablo, que no es sino la vida diaria.

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