«Perdón por las mayúsculas»
A quien deberíamos pedir perdón es a la Historia misma. Por traicionarla con tanto resentimiento.
Con vientos de tinta soplando las velas de la Okendo Kultur Etxea, el pasado lunes Literaktum vestía de gala su inauguración para recibir a Juan ... Manuel de Prada y su monumental 'Mil ojos esconde la noche'. Su particular comedia humana acerca de las andanzas de Fernandito Navales, un falangista en el París de la Ocupación. Y sus mudanzas, desde el resentimiento a la redención.
Sus víctimas preferentes, los artistas e intelectuales españoles refugiados en la Cité Lumière, invertida en una 'Ciudad sin Luz', 'Cárcel de tinieblas'. El eje del debate no podía ser otro que la memoria histórica. Desde dos perspectivas. La de quienes vivieron aquel tiempo bajo una máscara de falso heroísmo, como Picasso, protegido por orden expresa de Hitler. Ya en el nuestro, el de la Posverdad, las verdades a medias y las mentiras flagrantes, la de quienes hacen de la historia un arma ideológica imponiendo un relato mendaz, a la medida de sus intereses.
Tanto como su maestría literaria, el imperativo de objetividad en Prada. Un escritor conservador que desnuda hasta el hueso la miseria moral de unos cuantos referentes de la mal llamada 'España Nacional'. ¿De qué manera? Yendo a las fuentes y manchándose las manos en archivos raramente consultados por tantos historiadores para quienes el prejuicio se antepone a la evidencia.
Resulta alarmante que nuestra historia oficial siga cautiva de esos espejos deformantes dignos del esperpento valleinclanesco. Que prevalezca la hemiplejia partidista. Que seamos incapaces de mirar atrás con la mirada limpia, porque «España sigue siendo un polvorín».
No alivia el diagnóstico que en Francia sucediera algo semejante con su glorioso relato de la Resistencia, hasta que Modiano cortó las cuerdas de los violines. Ni la manera en que se sigue anulando la relevancia de la URSS en la derrota de Hitler –desde Stalingrado en adelante– incluso homologándola con el régimen nazi. Se diría que entre nosotros la guerra no acaba nunca. Una y otra vez la historia chapoteando en el lodazal de la tendencia.
El protagonista de la novela de Prada escribe la palabra historia con dos registros: en minúsculas cuando alude a la trama. En mayúsculas cuando remite el tiempo histórico. Y hasta se disculpa: «Pido perdón por las mayúsculas». La sutileza no puede ser más perversa en lo que remite a nuestro momento. En realidad, a quien deberíamos pedir perdón es a la Historia misma. Por traicionarla con tanto resentimiento. Sin consentir ninguna redención.
¿Tienes una suscripción? Inicia sesión