Albert Rivera

IMANOL G. MONTESSAN SEBASTIÁN

Ciudadanos podía haber sido la tercera vía, una propuesta moderna y reformista que desbloqueaba una política viciada por el bipartidismo tradicional, con sus defectos e inercias del pasado. Podría haber sido aire nuevo y fresco en este laberinto que huele a cerrado. Un nuevo proyecto que reivindicaba lo mejor del liberalismo progresista español, que pone en valor la tradición de las Cortes de Cádiz, que apuesta por una idea de nación de ciudadanía. Todo esto se ha visto derrumbado por las ansias de poder de Albert Rivera, que ha antepuesto sus ambiciones en el corto plazo a tener una visión con perspectiva. Él podía haber decantado la balanza a favor de un entendimiento con los socialistas que hubiera ido en sintonía con los aires que soplan en Europa. Podría haber ejercido de Macron, pero ha preferido condenar a su proyecto a ser subsidiario de la derecha y a alcanzar en secreto los acuerdos con la ultraderecha. Una página de indignidad y de ignominia para quien se reclama liberal. Rivera ha demostrado su frivolidad y su falta de solidez como líder de un proyecto serio. De la socialdemocracia inicial ha pasado a ser una derecha nacionalista lerrouxista con una enfermiza obsesión antisocialista. Sus ansias de regeneración en Andalucía tropiezan con su apuesta por ser el aliado preferente del PP en lugares bien emblemáticos como Madrid, en donde los populares están agujerados por la corrupción. Por no hablar de Castilla y León o de otras plazas. El ansia de renovación que exige Ciudadanos en algunos lados se convierte en otros sitios en mirar simplemente para otro lado. Curiosa e hipócrita vara de medir la limpieza democrática.