Adiós a un grande del cine, referente de la izquierda

BEGOÑA MURUAGA

No he visto sus últimas películas, pero recuerdo que en la década de los 70 el estreno de una película de Bernardo Bertolucci era todo un acontecimiento en mi entorno. Para la gente de mi generación el director italiano era un referente fundamental del compromiso con la izquierda.

Así las cosas, en la década de los 70 vi algunas de sus películas más emblemáticas: 'Antes de la revolución', 'La estrategia de la araña', 'El conformista', 'El último tango en París', 'La luna' y 'Novecento'. En la década posterior vi 'El cielo protector' y 'El último emperador', películas que supusieron un giro copernicano en su producción, y ya en los 90 vi 'El último Buda'. A partir de ahí, mi interés por su cine decayó. Y es que sus últimas superproducciones, aunque de una factura estética impecable, en nada me recordaban al Bertolucci que yo admiraba.

Cuando hace unos días leí en algunos medios de comunicación la necrológica del director, observé que muchos críticos mencionaban 'El último tango en París' como una de sus obras maestras. No comparto esa opinión. Recuerdo que me impactó mucho en su día, que la tormentosa relación entre sus protagonistas me resultó realmente turbadora y que salí de la película con una sensación agridulce. Pero, en mi opinión, el calificativo de obra maestra habría que reservarlo para 'Novecento', una auténtica joya cinematográfica. Una de esas películas que jamás se olvidan.

Como todo el mundo sabe, 'Novecento' comienza en 1901 y recorre los primeros cincuenta años de la historia de Italia a través de la amistad entre un terrateniente y un campesino. Observamos en la película la lucha de clases en toda su crudeza, así como las propuestas comunistas de reparto de las tierras y el ascenso del fascismo en aquel país. Por otra parte, todo en ella me parece magnífico. Por un lado, las interpretaciones de Robert de Niro, Gérard Depardieu, Stefania Sandrelli y Dominique Sanda, y, por otro, la fotografía de Vittorio Storaro y la música de Ennio Morricone. Una conjunción de elementos difícilmente superable.

Y ha sido precisamente estos días cuando he recordado otra película italiana que me emocionó casi tanto como 'Novecento', y con la que tiene algunas similitudes. Se trata de 'La mejor juventud', de Marco Tullio Giordana, miniserie realizada para la televisión, el año 2003, y posteriormente adaptada al cine en dos partes por su extensa duración. La película recorre la historia de aquel país desde los años 60 hasta nuestros días. Si 'Novecento' utiliza dos protagonistas masculinos antagónicos para contarnos la historia, 'La mejor juventud' se basa en la relación de dos hermanos de la burguesía italiana, a través de los cuales el director muestra los cambios sociales y políticos que se produjeron en Italia durante esos años. 'La mejor juventud' es una excelente película que muestra las relaciones familiares de los protagonistas, la intensa vida política de aquella época, el profundo debate que afectó al ámbito de la psiquiatría, así como la amistad y el amor. Una película en la que destacan el profundo amor del director hacia los personajes y un enorme respeto hacia las distintas ideologías. En más de una ocasión he pensado que ambas películas deberían ser de obligado visionado en las aulas de toda Europa.

Pero volvamos a Bertolucci. Hoy, en este balance apresurado, creo que sus mejores películas fueron las ambientadas en su país, aquellas en las que mostraba a la sociedad italiana en toda su complejidad, con sus héroes y villanos, los revolucionarios y los contrarrevolucionarios. Las otras, las que realizó fuera de Italia, a pesar de su espectacularidad y de otros méritos que no voy a discutir, no las recuerdo con la misma emoción.

No puedo terminar este artículo sin mencionar un hecho que empañó mi admiración por Bertolucci. Hace unos años, María Schneider, la protagonista de 'El último tango en París', afirmó en unas declaraciones haberse sentido «engañada y humillada, y, en cierto sentido, violada por los dos, por Marlon Brando y por Bernardo Bertolucci». Se refería a una conocida escena de la película.

Pues bien, el año 2013, dos años después de la muerte de María Schneider, Bernardo Bertolucci afirmaba que la escena la pensaron la mañana del rodaje él y Marlon Brando, y que no le comunicaron a la actriz cómo se iba a desarrollar. El director pretendía, de esa forma, que la interpretación de la actriz resultara menos fingida. Decía Bertolucci que no se arrepentía de lo que había hecho, pero que se sentía culpable. Poco tengo que añadir a ese turbio episodio del que tanto se ha hablado.

 

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