Este contenido es exclusivo para suscriptores

¿Quieres una experiencia sin límites y con servicios exclusivos?

logo-correo-on2.svg
Acceso ilimitadoApp para smartphone y tabletContenido extraNewsletters exclusivasClub del suscriptor

Los Bravos: 'Los Bravos' (Columbia, 1966)

El quinteto capitaneado por el visionario productor Alain Milhaud consiguió llegar a los oyentes de todo el planeta a partir de una maquinaria musical perfectamente engrasada

Imagen del grupo./
Imagen del grupo.
CÉSAR CAMPOY

Lo tenían todo para convertirse en el grupo de beat, surgido desde tierras españolas, más internacional de todos los tiempos: un productor y mánager con las ideas más revolucionarias que había visto aquella industria discográfica que acababa de salir de la prehistoria; temas pegadizos, algunos de ellos firmados por compositores de primera línea; grabaciones en los mejores estudios de Londres; músicos de sesión de primera fila; un vocalista de carisma indudable... Se puede decir que Los Bravos fue el primer producto musical comercial de pop construido con una base sólida en este país. Y lo fue merced a la conjunción de diversos factores que, a mediados de los 60 del siglo pasado, representaban una verdadera ruptura con la manera de funcionar del sector. Hasta aquel momento, tan sólo el proyecto Los Brincos había gozado de tamaño nivel de previsión y profesionalidad. De hecho, durante buena parte de la segunda mitad de la década, ambas formaciones rivalizaron, a un nivel altísimo, a la hora de tratar de convertirse en el conjunto hispano con más entidad y proyección.

Prácticamente ninguna de las decisiones que marcaron el destino de Los Bravos surgió del seno del grupo, es cierto. Se puede decir, sin temor a equivocarse, que fue Alain Milhaud, un director de orquesta nacido en Ginebra y con residencia, primero en Barcelona y más tarde en Madrid, y hecho a sí mismo a la hora de tratar de aprender todo lo que había que saber para intentar emular a industrias musicales mucho más desarrolladas, en aquellos momentos, que la española (técnicas de grabación, mercadotecnia...), el verdadero artesano que diseñó y engrasó las piezas de aquella compleja maquinaria (también lo haría con otros artistas como Los Canarios, Pop Tops, María del Mar Bonet...). Él, junto a otros elementos clave como el músico Manolo Díaz (pieza básica en la música hispana, y compositor de muchos de los temas de Los Bravos), o Tomás Martín Blanco (responsable de 'El Gran Musical'), ideó una estrategia de lanzamiento pionera en aquellos años. Por otra parte, también es cierto que, en la época dorada del grupo, sus integrantes apenas grabaron un tema (la versión en español de 'La moto'). Cuestiones legales, y la necesidad de conseguir un producto redondo y cristalino, invitaron a Milhaud a contar con músicos ingleses profesionales.

No obstante, sería injusto negar la valía como músicos de Toni Martínez, Manolo Fernández (ambos provenientes de Los Sonor), Miguel Vicens y Pablo Sanllehí (de Mike y Los Runaways), así como la indudable calidad vocal y el desparpajo en el escenario de Mike Kennedy. Todos ellos venían rodados después de pisar muchísimos escenarios. Eso sí, también es necesario señalar que aquellos primeros Bravos (posteriormente se sucedieron diversas formaciones) no compusieron ni uno solo de los temas que interpretaron, y que la particular manera de afrontar la vida y la fama de alguno de sus integrantes fue la principal responsable de que aquel magno proyecto acabara desmoronándose como un castillo de naipes.

Un castillo cuyos cimientos parecían robustos cuando, tras diversas gestiones del propio Milhaud en tierras inglesas, aquel proyecto tenía asegurado, no tan sólo la edición de sus discos en medio mundo, sino también la disponibilidad absoluta de buena parte de la gigante Decca: Sus estudios londinenses, sus músicos de sesión, los temas de su catálogo, su distribución, su red de contactos en Europa y América...

Bajo aquellos parámetros se registraron los temas que formarían parte del primer larga duración de Los Bravos. Todos ellos, como hemos apuntado, en los estudios de la Decca en la capital británica, a partir de un elenco de músicos de primerísimo nivel (los integrantes de Los Bravos se encargarían, únicamente, de las voces), con las últimas tecnologías, y bajo la atenta mirada de aquel visionario Alain Milhaud. La estrategia a seguir estaba definida al milímetro: Algunos de aquellos temas tendrían versiones dobles, una en castellano y otra en inglés, destinadas, cada una, a un mercado diferente. Incluso alguna de esas composiciones tendría una instrumentación diferente dependiendo del destino comercial. Es más, el orden y elección de los sencillos también diferiría en función del país de lanzamiento.

En cuanto a los compositores de aquellas perlas sonoras, efectivamente, se decidió tirar, tanto del buen hacer del propio Manolo Díaz, como de algunas de las mejores firmas del universo europeo. Todos y cada uno de aquellos temas había que seleccionarlos cuidadosamente, tras releer decenas de partituras y escuchar numerosas maquetas. Los combos de creadores más utilizados para aquellas primeras sesiones (además de Díaz) fueron los integrados por el dúo Coulter-Martin ('Trapped', 'I'm cuttin' out') y el trío Grainger-Hayes-Wadey (la grandiosa 'Black is black', 'Will you always love me', 'Give me a chance'). También participó, muy activamente, en aquel proceso, Ivor Raymonde, el reputado productor, músico, compositor y arreglista. A lo largo de su carrera trabajó con artistas de la talla de Dusty Springfield o The Walker Brothers, y en aquella ocasión, además de dirigir junto a Milhaud buena parte de las sesiones, también ejerció la dirección artística, y firmó las adaptaciones al inglés de muchas de las piezas de Díaz. Todo aquello, comprenderán, dio como resultado una grabación de un nivel técnico y artístico de primer orden, impresionante. El brillo y equilibrio con que fueron tratados los diferentes elementos instrumentales y vocales, así como los exquisitos arreglos dispuestos, convirtieron aquel disco en una creación capaz de competir en cualquier mercado del planeta. Un disco que evidencia una declaración de intenciones clara sin ni tan siquiera escucharlo. Su portada (todo estaba estudiado) debía convertirse en tarjeta de presentación y advertencia: un avión de Iberia, dispuesto para despegar; Mike, a los mandos, y el resto de la banda en la escalerilla, preparados para viajar con su música a cualquier lugar del mundo. Sí, la vocación internacional del proyecto.

Abre una 'Trapped' despampanante, rítmica, excitante, aupada en unos vistosos coros y una sección de vientos de ensueño, que se coordina perfectamente con una sección rítmica de manual. En medio de todo este maremagno, la voz de Mike Kennedy muestra su mejor versión. El alemán era capaz de ofrecer registros agudos casi imposibles; salvajes en ocasiones, y, en esta ocasión, su maestria se evidenciaba.

'Trapped'

Le seguía 'Baby, baby', un correcto medio tiempo (uno de los tantos que figurarían en este disco) que, a partir de una instrumentación cuidadísima hasta el último detalle, servía, en esta ocasión, para mostrar la vertiente más romántica y cadenciosa de un Kennedy en estado de gracia.

Los mismos derroteros emprendía 'Make it easy for me' (adaptación inglesa del 'Don Felipón' de Díaz), caracterizada, sobre todo, por una omnipresente trompeta y unos llamativos coros, también presentes en 'She believes in me', pieza de dramático estribillo (esas campanas), en la que sección rítmica y percusión llevan las riendas de forma magistral. Este tema daba paso a una de las construcciones más flojas del vinilo, 'Will you always love me', dignísima en su construcción, pero demasiado cursi y blanda en su concepción.

Y, justo en ese momento, cuando el oyente había bajado la guardia, el diamante. Un desconcertante e hipnótico riff de bajo, acompañado de un toque (marcando el tiempo) de caja seco y contundente, hacía acto de presencia anunciando que algo grande estaba a punto de ocurrir. Aquella manera de llamar la atención del oyente ha pasado a la historia como una de las más efectivas del devenir musical mundial (sí, mundial). De hecho, ha sido imitada en infinidad de ocasiones. Pero, sigamos: tras un primer redoble, la guitarra se suma (imitando el riff) a aquella marcha embriagadora. Otro redoble, y hace lo propio el teclado. Otro, y entran los vientos. Todo está listo. Servido en bandeja de plata para que Mike Kennedy remate: «Black is black, I want my baby back; it's gray, it's gray, since she went away, oh oh». A esas alturas, quien se encuentra delante del tocadiscos o danzando en la pista de baile ya está atrapado. Todo lo que sigue no es más que un ejercicio de ingeniería milimétrica para conseguir cincelar una obra maestra del pop en la que el vocalista de Los Bravos, posiblemente, alcanzó su cenit interpretativo a base de una emocionante rabia. Instrumentalmente, ni sobra ni falta nada. 'Black is black' es una de esas canciones a la que, en cada escucha, se le adivinan nuevos elementos.

'Black is black'

Tras aquello, al respetable no le queda otra que asistir, casi noqueado, al resto de elementos sonoros de aquel disco. La simpática e increíblemente pegadiza 'Stop that girl' es la hermana gemela de la conocidísima 'La parada del autobús'. En una línea parecida, pero recubierta de un mayor halo de seriedad encontramos a 'Give me a chance', de vistoso solo de guitarra y trabajada batería.

Mientras tanto, en las antípodas se sitúa una alocada 'I'm cuttin' out' envalada a partir de un ritmo al que los dignísimos vientos y los llamativos coros femeninos confieren cierto aire soul. Un diabólico solo de guitarra (cuya distorsión tal vez queda un tanto disimulada por la brillantez de la grabación) y un bajo de infarto contribuyen a consolidar otra de las creaciones destacadas de un disco que, a partir de ahí, baja de intensidad, en primer lugar, dejando que la agridulce 'Two kinds of lovers' se convierta en otra de las piezas más románticas y, en segundo, brindando a una correctísima 'You won't get far' (la revisión inglesa de 'La primera amistad') el honor de convertirse en telonera de otra de las sorpresas (la última) de 'Los Bravos': 'Baby, believe me' no es, ni más ni menos, que una inspiradísima adaptación de 'La moto', irreconocible, incluso, para muchos. Si la original en castellano bebía de la esencia garajera y salvaje, ésta lo hace de una elegancia rítmica que, por momentos (los arreglos de viento y de percusión) huele a sonido latino. Se trata, sin duda, del perfecto colofón.

Aquel primer larga duración de Los Bravos, como comprenderán, fue todo un bombazo, no sólo a nivel hispano, sino también internacional. 'Black is black' llegó a lo más alto de las listas de todo el planeta. A partir de ahí, y durante unos tres años, el proyecto vivió montado en una frenética montaña rusa: Tres discos más, dos películas, el suicidio de uno de sus integrantes (Manolo), polémicas y frustradas aventuras internacionales, multitudinarios conciertos, numerosas separaciones y reuniones... Todos estos altibajos, eso sí, han conseguido bordar el sendero de una de las aventuras más apasionantes de la historia de la música española.