José Díaz: «Hay que reducir las necesidades al mínimo para volver a vincularnos con la naturaleza»

Un fragmento del largo./JOSÉ DÍAZ
Un fragmento del largo. / JOSÉ DÍAZ

La Sala Reina acogerá esta tarde la proyección del documental grabado por Díaz durante los 100 días que vivió solo en la montaña

MIKEL PÉREZERRENTERIA.

José Díaz, era un empresario fotógrafo con bastantes dosis de amor por la montaña y la naturaleza. Puede decirse que 'era' porque ahora se le intuye como una persona totalmente diferente. Tras visitar constantemente el Parque Nacional de Redes (Asturias), decidió instalarse allí durante 100 días para mostrar la desconexión que ha tenido el ser humano de la naturaleza en los últimos años, algo que se recoge en el largometraje documental '100 años de soledad', que se proyecta hoy (19 horas) en la sala Reina errenteriarra.

-¿En qué situación se encontraba antes de iniciar el proyecto?

-Parecida a la de todo el mundo que vive en un país civilizado. Con mi trabajo, mi hipoteca, mis miles de preocupaciones, mis facturas de luz, agua, basura, seguros, reparaciones, dentista... pero con una gran diferencia: yo ya estaba buscando la forma de empezar a coger las riendas de mi vida, de no ser lo vulnerable que es la mayoría, de no dejarme fagocitar por el peso del progreso, que se apodera de las personas y las convierte en marionetas. Ya estaba camino de encontrarme.

-¿Primero surgió la idea de hacer algo audiovisual o era algo que quería hacer independientemente de la realización del documental?

-Fue un cúmulo de casualidades. Conocí a un productor en Redes, mientras buscaba localizaciones para un documental que estaban rodando, y nos hicimos tan amigos que me brindó la posibilidad de cumplir un sueño: pasar una larga temporada en mi cabaña, teniendo las necesidades de mi familia, al menos las económicas, cubiertas. Siempre quise emular a algunas personas que antes habían tenido experiencias similares.

-¿Y cómo se sintió dirigiendo y protagonizando un largo por primera vez?

-En ningún momento sentí estar dirigiendo, ni siendo guionista, ni siquiera protagonista de esta historia. Me dejé llevar, me esforcé por filmar lo máximo posible, no decepcionar a quienes confiaban en mí, aprovechar la experiencia... y así fue saliendo todo.

-Contó usted con la asistencia del experimentado director de Gerardo Olivares...

-Desgraciadamente, aunque en principio él iba a estar en el equipo, sólo pudo darme algunos importantes consejos y rodar un par de tomas, poco más. Coincidieron las fechas con una película que, por aquel entonces, estaba rodando en Argentina. Fue una pena, este proyecto hubiera mejorado con su presencia.

-Visto con perspectiva, ¿cree que el público ha entendido el mensaje?

-Todo lo que he pretendido mostrar ha sido perfectamente entendido. Me emocionan los cientos de correos que me han llegado, en los que la gente coincide, sean de América, asía, África u Oceanía, en que hay que dar un giro a nuestras vidas. No olvidarse de lo imprescindible, como el amor a la familia y amigos, reducir las necesidades al mínimo para simplificar nuestras vidas, volver a vincularnos más con la naturaleza y aumentar nuestro tiempo libre. Aunque no lo esperaba, es todo un orgullo para mí haber despertado conciencias.

-¿Ha podido incluir todos los pasajes que quería o se han quedado algunos en la sala de edición?

-Grabé 300 horas, lo que traducido en minutos son 18.000. El documental dura 93, o sea, he descartado sobre el 99,5%. Prefiero no recordar esa ardua y desagradable labor de descarte. Además, al final elegimos las imágenes que mejor nos ayudaban a contar esta historia, en detrimento de otras mucho más bellas pero que no transmitían tanto.

-¿Cómo le ha cambiado a usted como persona toda esta aventura?

-Quizá esa pregunta deberían contestarla mis hijos, mi mujer, mis padres, hermanos o amigos. Yo creo que sí, pero no sé cuanto. Incluso ahora, tres años después de empezar esta aventura, sigo cambiando gracias a ella. Asentó mis cimientos para seguir con la vida que quiero, acrecentó mis ilusiones, me ayudó a descubrir mis carencias, mis defectos... ese es el primer paso para intentar corregirlas, en ello estoy.

-¿Cree que esta sociedad, amarrada a tecnologías y medios de comunicación, tiene solución?

-Aquí vuelve a aparecer mi vena pesimista. La tecnología, en algunos campos de la vida, nos facilita y simplifica la existencia. Ahora bien, yo prefiero no perder mi sentido de la orientación, que un GPS me lleve a ciegas; prefiero disfrutar los momentos mágicos, que los encuentras donde menos te lo esperas, que colgarlos en las redes para que los demás los vean; prefiero conversar mirando a los ojos, que hacerlo a través de una pantalla; comerme un bocadillo de tortilla en la playa o en el monte, antes que preocuparme por presumir del plato que voy a degustar en el mejor restaurante de New York; ir a donde yo quiera, sin tener que dejarme guiar por un aparato que controla tu vida. Este es un tema que va a traer mucha cola. Hubo un antes y un después en muchos momentos de la historia. Este va a ser uno de ellos.

-¿Qué puede hacer esta sociedad para reconectar de nuevo con la naturaleza?

-La fórmula que tenemos que aplicar para volver a conectarnos con la naturaleza es sencilla: causa-efecto. Cualquier persona que tenga una experiencia en la naturaleza va a ganar más que perder. Incluso, en algunos países como Japón y Escocia, los médicos ya recetan baños de bosque. A ver si así nos damos cuenta de la importancia de cuidar la naturaleza y a nosotros mismos.

-¿Qué opinión tiene sobre las políticas medioambientales actuales? ¿Considera que nuestros paisajes están suficientemente protegidos?

-Creo que no. La grandeza de la naturaleza y nuestra situación geográfica son los que más hacen. Nuestros políticos piensan a corto plazo, lo que no de resultados casi inmediatos no interesa. Así evidencian su egoísmo, no haciendo nada que aunque nos beneficie a todos, pueda hacerlo también con sus contrincantes. ¡Qué pena! Dejaré aquí unas palabras de Pepe Mujica, expresidente de Uruguay: «Cuando compramos algo, no lo hacemos con plata, lo hacemos con el tiempo que tuvimos que gastar para ganar esa plata. Pero con una gran diferencia: la vida no se compra, se gasta. Y es miserable gastar vida para perder libertad».

 

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