Vanderlei de Lima y el espontáneo

El atleta consiguió la medalla de bronce después de lo sucedido en Atenas 2004

DAVID ÁLVAREZMADRID
Un espontáneo asaltó a Vanderlei cuando encabezaba la carrera. / AFP/
Un espontáneo asaltó a Vanderlei cuando encabezaba la carrera. / AFP

En el kilómetro 36 del recorrido del maratón en los Juegos de Atenas, en 2004, aguardaban las peores emboscadas. Allí se detuvo a llorar sentada en el bordillo la británica Paula Radcliffe, la indiscutible favorita, récord del mundo ya entonces, con el estómago derretido de anti inflamatorios y estrés.

Varios días después, en la prueba masculina, también allí aguardaba al brasileño Vanderlei de Lima, 35 años, otra desolación. Cornelius Horan, un exsacerdote irlandés emboscado entre el público que se abalanzó sobre él cuando circulaba en cabeza con una ventaja de unos 30 segundos sobre el grupo que le perseguía, entre los que iba Paul Tergat, que llegaba con la mejor marca mundial. Le empujó a un borde de la carretera, donde casi se cae entre varios espectadores. El ataque fue una sorpresa --contó luego--. No pude defenderme porque iba concentrado en la carrera. No sé qué habría pasado si el hombre griego que me ayudó tan rápido (Polyvios Kossivas) no hubiera reaccionado como lo hizo. Le doy mucho crédito por su coraje.

Gracias a Kossivas, el brasileño retomó la marcha aún en cabeza. Pero la ventaja desapareció en un par de kilómetros. En el 38 le superaron el italiano Stefano Baldini y el estadounidense Mebrahtom Keflezighi. Empecé a tener problemas después del incidente, no me podía concentrar --dijo De Lima--. Me resultó muy difícil terminar.

Cruzó la meta en tercer lugar, por detrás de Baldini y Keflezighi. No lo hizo hundido, desesperado o llorando. Sobre el tartán de la pista de atletismo, De Lima parecía celebrar un gol. Corría en zigzag, con los brazos extendidos como alas de avión. Lanzaba besos con ambas manos a las gradas. Un tipo felizmente exhausto. Da igual lo que pasó: conseguí mi meta, y estoy feliz de haber estado en el podio de las medallas con esos atletas.

Es posible que, incluso sin el asalto del exsacerdote irlandés, tampoco hubiera ganado. A Atenas llegaba imaginándose entre los cinco primeros. Pero las imágenes del empujón se repitieron una y otra vez en todas las televisiones extendiendo el sentimiento colectivo de indignación ante una injusticia gigantesca. La Federación brasileña de atletismo protestó y pidió que le dieran una medalla de oro también a él. Pero el Comité Olímpico Internacional sólo llegó a concederle la medalla Pierre de Coubertain a la deportividad.

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