Las medallas del viejo soldado

Cada 9 de abril Nikolay Bagayev luce sus mejores galas para celebrar el día de la victoria. /
Cada 9 de abril Nikolay Bagayev luce sus mejores galas para celebrar el día de la victoria.

A sus cien años, Nikolay Bagayev ha sobrevivido a una guerra y a la historia de la URSS, por la que dio su sangre. Sus condecoraciones son los restos de un país que ya no existe

Javier Guillenea
JAVIER GUILLENEA

Si la guerra no lo mató, no lo hará el peso de las medallas. Son tantas las que lleva prendidas en la guerrera de su uniforme que parece como si en cualquier momento fuera a caer hacia adelante, vencido por las condecoraciones que dan fe de que hace más de siete décadas fue un valiente soldado, un hombre que salvó a la madre patria. El peso de la historia se desborda por el pecho de Nikolay Bagayev, que a sus cien años exhibe con orgullo los recuerdos de un desastre que se cobró la vida de millones de personas. Pero no la suya.

Nikolay llegó a este mundo en 1918, un año en el que quienes nacieron en Rusia tenían muchas posibilidades de no llegar a viejos. Si hubieran sabido lo que les esperaba, más de uno habría desertado de la vida aún antes de saborearla. En octubre de 1917, el triunfo de la Revolución había abierto una larga etapa de guerras, purgas, hambrunas, gulags y demás calamidades de las que aún quedan testigos, aunque cada vez menos. Un puñado de ancianos nonagenarios, algunos de ellos centenarios, son los supervivientes de una generación que vivió el nacimiento de un país y también su defunción. Dieron su sangre por una patria que ya no existe, pero, como a Nikolay, les queda el consuelo de haber sobrevivido. Y el orgullo de sus medallas.

El viejo soldado celebró el pasado día 9 el 74 aniversario de la victoria de la Unión Soviética y los aliados sobre la Alemania nazi. Lo hizo poniéndose sus mejores galas, en las que colocó cuidadosamente sus condecoraciones antes de dar un paseo por Bagayev, el pueblo de las afueras de Moscú donde vive, y comió junto a sus viejos camaradas de armas. Nikolay recibió también la visita de cadetes de la organización juvenil Yunarmiya, el Ejército joven de Rusia, con quienes compartió historias de la gran guerra patriótica.

Tenía 23 años cuando los alemanes invadieron la Unión Soviética y avanzaron casi sin oposición hasta las mismas puertas de Moscú. Fue allí donde se libró la primera gran batalla de la guerra, en la que se enfrentaron más de tres millones de soldados. Nikolay Bagayev era uno de ellos.

Entre octubre de 1941 y abril de 1942, todos aquellos hombres se dedicaron a matar o morir hasta que, por primera vez durante la contienda, los alemanes se retiraron. Pese a que el Tercer Reich no cayó derrotado militarmente, el Ejército Rojo obtuvo una importante victoria moral y estratégica al evitar la caída de su capital. Aquello representó un punto de inflexión. El avance alemán se estancó y los soviéticos se dieron cuenta de que su enemigo no era invencible. Ese fue el momento en el que los nazis comenzaron un lento proceso de transformación de cazadores a presas que se completó un año después en Stalingrado. En la batalla de Moscú perdieron la vida más de 650.000 soviéticos y otros 630.000 cayeron prisioneros. Nikolay no fue uno de ellos.

Con la victoria ya al alcance de la mano. El soldado tomó parte, entre febrero y abril de 1945, en el asedio de Koenigsberg, una ciudad de Prusia oriental que fue anexionada a la Unión Soviética con el nombre de Kaliningrado. En los combates murieron 126.000 militares soviéticos, entre los que tampoco estaba Nikolay, que, para cuando terminó la guerra, había sido herido dos veces, una de ellas de gravedad.

El cosmódromo

Con la paz, Nikolay Bagayev encontró un empleo, lo que no era difícil en un país que en seis años había perdido casi treinta millones de habitantes. De las condiciones del trabajo, mejor no hacer comentarios. En 1955 entró de nuevo en la historia al formar parte de las brigadas de trabajadores que comenzaron a construir el cosmódromo Baikonur, unas instalaciones secretas que en un principio iban a servir para lanzar misiles de largo alcance y más tarde se expandieron para realizar vuelos espaciales. De allí partió Yuri Gagarin para convertirse en el primer hombre en visitar el espacio.

El cosmódromo era un buen lugar para abandonar la Tierra, pero no para vivir en ella. Estaba ubicado en un vasto terreno de la estepa kazaja, donde los trabajadores tenían que vivir en tiendas de campaña mientras levantaban lo que creían que era un excéntrico estadio en mitad de la nada. Eso les habían dicho.

Pasaron los años y Nikolay los fue cumpliendo puntualmente. Se disolvió el país que tanto había defendido, pero no el brillo de sus medallas, que siguen lustrosas, como recién colocadas por un general. De vez en cuando sale a pasear por la ciudad con todos sus honores en el pecho y accede a sacarse selfies con los vecinos que se lo piden. Cobra una pensión de veteranos de 40.000 rublos (613 dólares) al mes, mucho más alta que el promedio nacional. Sigue siendo un comunista comprometido y mantiene sus contribuciones al partido. Cada 9 de abril celebra la victoria de un país que ya no existe. Es un superviviente de su propia vida.