Guardianas del infierno

Hacían bolsos y lámparas para sus casas con las pieles que arrancaban a las prisioneras. 3.700 mujeres sirvieron en los campos de concentración nazis. Perfectos ejemplares femeninos de la raza aria que se convirtieron en un ejército de demonios

Herta Oberheuser fue condenada a 20 años de prisión. /
Herta Oberheuser fue condenada a 20 años de prisión.
IRMA CUESTA

Es posible que algo aprendiera de su marido, Karl Otto Koch -entre sus hazañas está la de haber vertido asfalto fundido en el ano de los prisioneros judíos, y al que sus propios compañeros de las SS terminaron fusilando por ladrón-. Pero lo más probable es que Ilse no necesitase que Satán se soltara de su cadena y la hablara al oído para convertirse en una de las mujeres más crueles de la historia. Frau Koch, la jovencita pelirroja de ojos verdes a la que uno puede encontrar en los libros bajo el apodo de 'la zorra', se convirtió por méritos propios en miembro prominente del ejército de demonios que pobló Alemania en una época de espantos apocalípticos. Acusada de escoger a las prisioneras de Buchenwald con tatuajes para extirparles la piel y fabricar lámparas que luego colgaba en su casa porque con los dibujos «quedaban más decorativas»; de poseer un bolso de mano hecho de ese mismo material, del que estaba tan orgullosa como podía estarlo una mujer de los Mares del Sur de sus trofeos caníbales, Ilse fue una de las 3.700 mujeres que sirvieron como guardianas en los campos de concentración nazis cuando al Tercer Reich comenzaron a escasearle los varones.

Sobre la maldad de que fueron capaces aquellos perfectos ejemplares femeninos de raza aria -transmutadas en una suerte de tropa de Valquirias-, trata 'If this is a woman: Inside Ravensbrück', un libro escrito por la periodista de 'The Sunday Times' y cofundadora de 'The Independent', Sarah Helm, que ha visto la luz esta misma semana.

Ravensbrück -incluso su nombre es siniestro: el puente de los cuervos- fue el mayor campo de concentración de mujeres en territorio alemán durante la Segunda Guerra Mundial. Localizado a unos 80 kilómetros al norte de Berlín, a pocos metros del bonito lago Schwedtsee, aquel lugar se convirtió en lo más parecido al infierno terrenal que ha habido nunca gracias a esas mujeres, la mayor parte de ellas de clase media o baja, matronas, peluqueras o cobradoras de tranvía, que dejaron su trabajo para dedicar sus vidas a mayor gloria del imperio.

Se estima que entre 1939 y 1945 pasaron por el puente de los cuervos y sus campos satélites cerca de 132.00 prisioneras, de las que apenas 40.000 lograrían sobrevivir; que solo en el último año 50.000 murieron de hambre, a golpes, flageladas o gaseadas, y que fueron mujeres, reconvertidas en una versión femenina del demonio, las encargadas de organizar toda aquella infamia.

Abortos a la fuerza

La hoja de servicios de Dorothea Binz, una de las más abultadas, la coloca a la cabeza de aquel batallón de sádicas porque durante mucho tiempo fue la supervisora. Cuentan que Dorothea empapaba a sus víctimas en agua helada antes de golpearlas hasta la muerte, pero, sin duda, aquello no fue lo peor.

Como buena parte de las mujeres que en 1944 llegaban Ravensbrück estaban embarazadas -algunas daban a luz sobre la tierra nada más llegar-, y como muchas estaban recién preñadas, aquello pronto se convirtió en un problema para la jefa Binz, que decidió prohibir los nacimientos forzando a las prisioneras a abortar hasta que consideró que era mucho el trabajo. Una corte de testigos relató tras la liberación del campo que los primeros recién nacidos fueron atendidos, que incluso se les daba un vaso de leche con harina, pero que luego decidieron interrumpir el suministro de manera que, cuando las madres dejaran de tener leche, los bebés se murieran de hambre.

La dermatóloga cruel

Herta Oberheuser se labró un lugar privilegiado en el olimpo satánico sin ayuda de nadie. La doctora infligía heridas a los prisioneros que luego infectaba para simular las que sufrían los soldados alemanes. Para hacer su trabajo se valía de madera, clavos oxidados y astillas de cristal. Pero lo que hizo en Ravensbrück con los niños merece capítulo aparte: les inyectaba aceite y evipán (un barbitúrico) para extirparles luego los miembros y órganos vitales.

Aquellos mismos testigos atribuyen a Heinrich Himmler, el hombre que controló los campos de exterminio, la orden de levantar un pabellón, el Kinderzimmer, en donde se abandonaba a los recién nacidos: si había que deshacerse de ellos, ¿qué mejor idea que recurrir a la muerte por inanición? Entre septiembre de 1944 y abril de 1945 -cuando el campo fue liberado-, nacieron 600; solo 40 lograron sobrevivir. Y Dorothea Binz fue la encargada de coordinar aquel operativo. La misma que, cuando iba a ser ejecutada se dirigió a su verdugo y le dijo: «Espero que no crea usted que todos éramos mala gente».

El trabajo de investigación de Sarah Helm está sembrado de personajes similares... o peores. María Mandel no fue otra más de las guardianas que trabajaron en Ravensbrück. Exhibía el privilegio de ser la maestra; la persona encargada de dirigir el campo de adiestramiento de aquel batallón de mujeres. Quienes, como la escritora Mónica G. Álvarez, han indagado en su historia, cuentan que Mandel provenía de una familia católica practicante que cambió su Dios celestial por uno terrenal: el Führer; que fue ella la responsable de doctorar a sus pupilas en sadismo y que no solo las adiestró para no dudar en disparar un tiro a la cabeza de quienes no parecían fuertes para trabajar, también sobre cómo debían vejar, golpear, castigar... Y, aunque resulte difícil imaginarla cerrando los ojos y dejándose llevar por la belleza, ella, que fue capaz de tirar un niño vivo al crematorio cosechando el respeto de sus camaradas masculinos, fue también una declarada amante de la música hasta el punto de ser la directora de la Orquesta de Auschwitz.

La mala más mala

Cuando parece imposible encontrar una mala más mala, uno se topa con Irma. Aquel 15 de abril de 1945 en el que los británicos liberaron el campo de Bergen-Belsen, los aliados fueron recibidos por un nutrido grupo de alemanes perfectamente uniformado entre los que se encontraba la guapísima Irma Grese, con sus botas de montar relucientes, impecablemente peinada y con cara de enfadada. Tenía 23 años cuando en diciembre de ese año gritó a su verdugo: «Schnell!» (¡rápido!), segundos antes de morir ahorcada.

Fueron las últimas palabras de una mujer a la que se le calcula un promedio de 30 crímenes diarios durante los años que trabajó en los campos. Nadie lloró su muerte. Aquella niña de aspecto angelical llegó a convertirse en la segunda mujer de más alto rango en Auschwitz -después de Mandel-, dejando atrás un reguero de horror que los testimonios de las supervivientes de aquella infamia ayudan a imaginar.

Gisella Perl, la ginecóloga judía de Auschwitz, contó ante el tribunal de guerra que juzgó y condenó a muerte a la 'bestia bella' que a Grese le gustaba azotar con su fusta los senos de las jóvenes bien dotadas hasta hacerles heridas que, para su disfrute, luego se infectaban. «Cuando esto ocurría, yo tenía que ordenar la amputación del pecho, que se realizaba sin anestesia, siempre delante de ella, para que se excitara».

En el caso de Hertha Bothe, cuatro meses de entrenamiento fueron suficientes para que la enfermera fuese enviada como guardiana al campo de concentración de Stutthof, cerca de lo que hoy es Gdansk, y poco más para acumular suficientes méritos que la hicieran merecedora del apodo 'la 'sádica'. También ella fue juzgada y condenada, pero no a morir en la horca. Hertha saldó su deuda con una pena de cárcel de menos de diez años. Tiempo después, en una entrevista, recordó el día en que los aliados ocuparon Stuttho y la obligaron a cargar los cadáveres de los prisioneros muertos para darles sepultura; cuerpos en tan mal estado que los brazos y las piernas se separaban del tronco cuando los agarraba. Hertha lamentaba aún que, a pesar del riesgo a infectarse de tifus, no le ofrecieron guantes.

Herta Oberheuser se labró un lugar privilegiado en el olimpo satánico sin ayuda de nadie. La doctora infligía heridas a los prisioneros que luego infectaba para simular las que sufrían los soldados alemanes. Para hacer su trabajo se valía de madera, clavos oxidados y astillas de cristal. Pero lo que hizo en Ravensbrück con los niños merece capítulo aparte: les inyectaba aceite y evipán (un barbitúrico) para extirparles luego los miembros y órganos vitales.

Saldó sus cuentas con la humanidad con un condena de veinte años que se quedó en diez por buen comportamiento. A su salida de la cárcel aún tuvo tiempo de volver a ejercer; eso sí, esta vez como médico de familia.