El día que Reagan declaró Rusia ilegal

De guasa. George W. Bush con su «otro yo» -el cómico Steve Bridges- en la cena anual de corresponsales de la Casa Blanca de 2006. /AFP
De guasa. George W. Bush con su «otro yo» -el cómico Steve Bridges- en la cena anual de corresponsales de la Casa Blanca de 2006. / AFP

A Reagan las bromas le salían solas, a Bush Jr. se las preparaban y Obama ¿se pasó con los chistes de Trump?

ICIAR OCHOA DE OLANO

«Compatriotas, me complace informarles de que hoy he firmado una ley por la que se declarará a Rusia ilegal para siempre. Iniciaremos los bombardeos en cinco minutos». El presidente Ronald Reagan hacía este anuncio por radio hace 35 años. Concretamente, el 11 de agosto de 1984. El telón de acero ondeaba más vigoroso que nunca entre el bloque occidental-capitalista, liderado por los Estados Unidos, y el oriental-comunista, encabezado por la Unión Soviética, y el exactor de Hollywood se encontraba embarcado en la carrera para su reelección. Por supuesto, estaba de coña. Se trataba de una de sus habituales bromas, esta vez dirigida a los técnicos de la emisora pública nacional, mientras creía estar haciendo una prueba de voz antes de lanzarse a pronunciar su discurso de cada sábado. Sin embargo, todo el país le escuchó alto y claro. Estaba en el aire.

Temerosos de que la Guerra Fría estuviera a punto de caldearse con un ataque nuclear, muchos estadounidenses perdieron el pulso hasta que se aclaró que se trataba de una chirigota presidencial. Cuando esto ocurrió, a unos les resultó de lo más divertido; otros consideraron que el inquilino de la Casa Blanca había cruzado la línea roja. No iban desencaminados. Los rusos vieron en las palabras del mandatario republicano una «hostilidad sin precedentes hacia la URSS y un peligro para la causa de la paz».

Ronald Reagan ríe a mandíbula batiente durante el discurso de la reina de Inglaterra, en California en 1983.
Ronald Reagan ríe a mandíbula batiente durante el discurso de la reina de Inglaterra, en California en 1983. / AFP

El incidente derivó finalmente en un inocuo alumbramiento, el del National Presidential Joke Day, una jornada -la de hoy- dedicada a recordar los chistes, puyas o situaciones jocosas en las que se ha visto envuelto POTUS, el acrónimo en inglés del presidente de los Estados Unidos. El veterano periodista José María Carrascal, corresponsal de 'Abc' en los Estados Unidos durante las presidencias de nada menos que cinco mandatarios diferentes, da fe de que a guasón nadie ganaba a Reagan. El único periodista extranjero que le entrevistó a solas, y en el mismísimo Despacho Oval, evoca su excepcional «afabilidad» y desenfado. «Siempre comenzaba sus discursos, que él mismo escribía y a mano, con una broma. Sabía que se consigue mucho más con el humor que con el mal humor, y era un maestro de ello. Algunos opinaban que le restaba seriedad pero, a cambio, le humanizaba de manera extraordinaria. Por algo fue el presidente más popular», recuerda para este periódico.

«El humor es agrio en la política española; a menudo deviene en insultos y mala uva» José María Carrascal. Periodista

La cena anual de las chanzas

Posiblemente, en las antípodas se situó George W. Bush, quien tuvo que aprender rápidamente a resultar gracioso para tratar de sacudirse la etiqueta de «paleto», «hijo de papá» y «corto» con la que desembarcó en Washington en 2001. «Esas historias sobre mi capacidad intelectual realmente me llegaron al alma. Por un tiempo, incluso pensé que mi personal también lo creía así. En mi agenda, a primera hora de la mañana, siempre decía 'Informe de inteligencia'», soltó en una ocasión con ironía enlatada.

Día del chiste del presidente

El origen.
El 11 de agosto de 1984 Ronald Reagabn anuncia en la radio un bombardeo inmediato contra Rusia durante lo que creía una prueba de sonido. Estaba en el aire.
Sus frases:
«No estoy preocupado por el déficit; es lo suficientemente grande como para cuidar de mí mismo». «Espero que sean todos republicanos», dijo a los cirujanos en el quirófano tras sufrir el atentado de 1981.

Al cuadragésimo tercer presidente de EE UU le prepararon otro intento de cambio de imagen al hacerle aparecer con «mi otro yo» -en realidad, el imitador Steve Bridges caracterizado de Bush Jr.- en la cena anual de corresponsales de la Casa Blanca. «Esa es la cita clave en la que el presidente de turno encaja todo tipo de chanzas de los periodistas y en la que practica el 'self- mockery' (reírse de uno mismo), una tradición anglosajana considerada, como lo que es, la prueba mayor de inteligencia. En la política española no nos va. Aquí domina el humor agrio y la crítica ácida, que a menudo degeneran en mala uva e insultos», analiza Carrascal.

La cena de corresponsales donde más carcajadas sonaron fue en la de 2011, con un Obama envalentonado ante el micrófono y, entre el público, un tal Donald Trump como diana impertérrita de sus mofas. De aquellas burlas «humillantes», opinan muchos analistas, estos lodos presidenciales en rubio platino.